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Entrevista
de Agustín López Tobajas a Vicente Pascual con
motivo del V Encuentro del Círculo de Estudios Espirituales
Comparados con el tema IMAGEN
Y METAFÍSICA en el Santuario
de San Pedro de Alcántara, Arenas de San Pedro, Ávila.
Noviembre de 2007. |
CONVERSACIÓN
CON VICENTE PASCUAL RODRIGO
Agustín
López Tobajas: Según
has manifestado en alguna ocasión, te sientes vinculado a
lo que podríamos llamar el «pensamiento tradicional»
y tú mismo has dicho que la lectura o el conocimiento de
autores como Frithjof Schuon, Titus Burckhardt o Seyyed Hossein Nasr ha sido muy importante
para ti. Me gustaría que me dijeras, en primer lugar, como
entroncas tu pintura con esa visión tradicional del arte.
Vicente Pascual: Es
cierto; cuando me es necesario explicar mi trayectoria profesional,
me remito a los autores que mencionas, incluyendo también
a A. K. Coomaraswamy; pero mi intención al hacerlo es la
de expresar mi deuda con ellos y no la de reivindicar para mi trabajo
algo así como una garantía de calidad o la de pretender
que mi obra sea portavoz artístico de la perspectiva filosófica
que estos autores representan. La influencia del contacto con el
pensamiento perennialista se manifiesta más en la actitud
con la que llevo a cabo mi trabajo que en la forma externa que el
resultado adquiere —una influencia que no sería necesariamente
distinta si yo fuera carpintero, por ejemplo, pues considero que
toda actividad acorde con la naturaleza humana es susceptible de
ser vivida como «artística»—. Ahora bien,
cuando se aceptan las bases de esta perspectiva es evidente que
determinadas formas y contenidos han de excluirse: aquellas que
se oponen a esa alquimia que tiene por objeto la conversión
del caos interior en una armonía que encuentra su soporte
y su reflejo en la actividad artística.
En el pasado, el artista recibía de
sus mayores una doctrina y un método que favorecían
la concentración intelectual en lo esencial y hacían
posible el deshielo del corazón endurecido. Cada uno de los
universos tradicionales regidos por una u otra religión proporcionaba
unas pautas que protegían al artista de ser arrastrado en
el trabajo por la inercia de su propio psiquismo, al tiempo que
favorecían en él la conciencia de que el artista debe
actuar como vehículo para la cristalización de lo
intangible en el mundo de lo efímero. Pues bien, el destino
me situó en un dilema creativo que no podría haber
aparecido en un mundo tradicional. Cuando en 1976 tomé contacto
con la perspectiva perennialista mi oficio estaba ya definido y,
por supuesto, había ya recibido una formación basada
conceptual y formalmente en criterios del arte moderno; además,
mi situación personal no me permitía tomar alguna
solución drástica, como trasladarme a un país
tradicional para aprender alguna modalidad de su arte en profundidad.
Este contacto me forzó a considerar los límites dentro
de los cuales el destino me había situado para llevar a cabo
mi oficio sin traicionar los principios a los que me adhiero.
Hoy, mi trabajo no ambiciona de ningún
modo ser una innovación, ni siquiera una renovación,
dentro del arte tradicional y, socialmente, no pretende otra cosa
que suministrar dentro del mundo moderno una opción coherente
con la naturaleza de las cosas que pueda favorecer el recuerdo de
lo esencial. Pero, considero que, al margen de aplicaciones sociales
más o menos secundarias, todo arte digno de tal nombre es
realizado principalmente para el propio artista, para fijar en él
la actualización cardíaca de conocimientos mentales
e intuiciones espirituales que podrían desvanecerse. El espectador
se beneficiará en función de la profundidad espiritual
de la obra y de su propia contemplatividad; pero, en cierto modo,
al artista eso ya no le concierne.
Agustín
López Tobajas: Dices
que tu trabajo no pretende otra cosa que «favorecer el recuerdo
de lo esencial». Pero ¿acaso el arte puede hacer algo
más que eso? ¿Cuál, si no es ésa, podría
ser la función esencial del arte sagrado? Por cierto, tal
vez habría que empezar por intentar definir qué hay
que entender por «arte sagrado»...
Vicente
Pascual: Entiendo que una definición de lo que es
el arte sagrado es un acuerdo para facilitar el diálogo y
la transmisión de ideas pero, por supuesto, la definición
no afecta a lo definido. Ya definir lo que es arte es problemático:
¿es una capacidad?, ¿un método?, ¿un
objeto? En fin, entiendo por arte la capacidad de actuar de un modo
acorde con el modelo arquetípico del objetivo, un modelo
que, en consecuencia, se hace presente en el mundo de los sentidos.
La profundidad de este arte provendrá de la conciencia del
exilio, de la inteligencia contemplativa del artista para intuir
los prototipos y de la belleza del alma del artista; su efectividad,
del talento para expresarlos de forma adecuada al medio. El resultado
será el artefacto. En cualquier caso, se impone la utilización del término “arte” para todo lo que rodea y surge de aquella capacidad creativa.
Ahora bien, incluso
in divinis hay jerarquías, hay unas cualidades centrales
y otras secundarias. Entiendo como sagrada toda manifestación
eminente del Centro en la periferia y como arte sagrado aquel que
actualiza la conciencia del Centro en esta periferia, aquél
que nos reconduce de la multiplicidad a la Unidad, que nos permite
discernir en el tiempo cuantitativo la fragancia de lo Eterno. Lo
sagrado no es cuestión de opinión o preferencia, lo
sagrado es tal al margen de nuestra subjetividad o capacidad para
percibirlo. Así —y con el fin de entendernos—
creo que podemos utilizar con lógica el término «arte
espiritual» para aquél que da cuerpo a realidades arquetípicas,
a cualidades divinas, en el mundo de los sentidos y reservar la
expresión «arte sagrado» para aquel «arte
espiritual» que manifiesta el Centro propiamente divino. En
el ámbito cristiano, serían arte sagrado los iconos
de Cristo o de la Virgen, por ejemplo, es decir, aquellos que han
sido realizados para ser soporte del sacramento, pero no los frisos
de carácter didáctico de las iglesias medievales,
realizados para crear una disposición propicia para la meditación
y la contemplación; sin embargo podríamos considerarlos como arte sagrado si los contemplamos como elementos de un programa. En el universo budista serían
sagradas las imágenes hieráticas de Buda y los mandalas;
en el Islam, las caligrafías con contenido coránico,
pero no las representaciones de acontecimientos de la vida de Buda
o las caligrafías de contenido poético, y esto al
margen de la espiritualidad y talento con que estuvieran realizadas.
En cualquier caso, la frontera se puede poner aquí o allá.
Cada mundo tradicional es un universo con sus formas y condicionantes
característicos. En principio todo es sagrado, todo lo que
existe manifiesta Atma, pero con distinta intensidad y transparencia.
Agustín
López Tobajas: El
problema es que si una obra de arte es perfectamente canónica
pero no está inspirada, no podrá hacer posible la
experiencia espiritual. A la inversa, puede haber obras no canónicas
que sí la hagan posible. Y, ante una experiencia de comunión
espiritual con la transcendencia, ¿habrá que decir
que es inválida, falsa o menor, simplemente porque no ha
seguido los dictámenes marcados por los doctores de la ley?
En definitiva, me parece que el canon es una exigencia que podrá
ser necesaria desde un punto de vista social, pero que, por sí
sola, no garantiza ninguna «sacralidad». Quede claro
que no estoy proponiendo la abolición de ninguna normativa;
digo sólo que el canon podrá ser el criterio para
determinar la «conveniencia» o «inconveniencia»
de una obra desde un punto de vista social, pero nunca será
la medida de su eficacia espiritual y, por tanto, de su valor real.
Vicente Pascual:
Sí, la falta de inspiración puede comprometer
la efectividad de una obra; es lógico. Schuon describe los
dos mayores escollos en la elaboración de lo que hemos definido
como arte sagrado: «Un virtuosismo ejercido hacia el exterior
y hacia la superficialidad, y un convencionalismo sin inteligencia
y sin alma». Ahora bien, todos nos hemos encontrado con imágenes
ante las cuales no podemos dejar de sentir la presencia de lo ilimitado
pese a la torpeza, cosa muy distinta a la falta de inspiración,
con la que hayan podido ser ejecutadas —podemos pensar en
algunas pinturas etíopes, o en algunas estatuas de la India
y del románico—, y no sólo porque el artista
fuera un hombre piadoso que trabajara extinguiéndose humildemente
en los moldes canónicos, lo que siempre imprime una huella
de la verdad, sino porque, además, el Cielo acude donde hay
pureza, y es precisamente el Cielo el que no puede quedar limitado
por los cánones. Como contraposición complementaria,
recuerdo una conversación con Seyyed Hossein Nasr en la que,
hablando de la sorprendente presencia de lo intangible en imágenes
tan poco canónicas como la Virgen del Rocío o la Macarena,
me comentaba que una obra de arte puede vehicular la presencia celeste
por analogía o bien por voluntad divina como resultado de
alguna causa ajena al arte, la piedad popular por ejemplo.
Por otra parte las obras de arte sagrado,
incluso aquellas realizadas con más talento y acordes a los
cánones providenciales del mundo religioso al que pertenecen,
pierden su efectividad sacramental —no necesariamente su irradiación
espiritual— cuando ese mundo desaparece o cuando son colocadas
fuera de su ambiente, en un museo por ejemplo; inversamente, obras
mediocres pueden cumplir ese papel cuando se encuentran en el lugar
idóneo, y quizás no esté de más comentar que, además, para que una obra tenga un valor que le permita ser soporte para el rito ha de mantener, en principio, su integridad.
Recuerdo que a comienzos de la década los setenta pasé varios meses en Pushkar, un pueblo sagrado –y, todavía entonces íntegramente tradicional, sin malear por la aculturación que el turismo es portador– en Rajhastan construido en torno a un lago en el que, de acuerdo con la tradición, reposa Brahma. Pues bien, paseando por las orillas, si se prestaba atención, no era raro encontrar bajo el agua fragmentos de imágenes de divinidades hindúes. Brazos, torsos, cabezas y, en muchos casos, aquellos fragmentos estaban bastante completos y pertenecían a obras admirables –seguramente hoy los anticuarios impiden que esto ocurra–, la causa era evidente: un fragmento o una imagen rota no puede simbolizar la totalidad ni la perfección dentro del universo espiritual hindú. El fetichismo y la idolatría eran pues totalmente ajenos.
En cualquier caso, es evidente que hay
obras de carácter extralitúrgico que rezuman y transmiten
más intensamente la presencia celeste que algunas obras litúrgicas
—pienso en algunas miniaturas persas, vaishnavas o en kakemonos
orientales— y es que la superioridad del arte sagrado se refiere
a la función, del mismo modo que la función del sacerdote
es superior a la de, digamos, un zapatero, pero esto no determina
ninguna superioridad espiritual para el primero.
La necesidad de los cánones se
evidencia observando la rapidez con la que la inteligibilidad y
el aroma de lo sagrado se perdieron en el arte cristiano de
Occidente tan pronto como se sustituyeron los cánones intelectuales
por "cánones" estéticos. El arte sagrado fue reemplazado,
a partir de entonces, por un arte en el que el tema religioso, con
frecuencia carente de espiritualidad, no era sino una excusa para
el lucimiento de la genialidad individual, real o supuesta, del
artista. Por otra parte podemos encontrar una serie de artistas
nacidos en el mundo moderno, que sin seguir ningún canon
extrínseco, como Blake, Friedrich, Gauguin, o Hodler, más
recientemente, Morandi, entre otros, en cuyos trabajos encontramos
obras genuinamente espirituales. Ahora bien, en algunos casos me
pregunto si verdaderamente sus pinturas nos transmiten la presencia
de lo sagrado o si lo que hacen es invitarnos a participar en su
experiencia espiritual personal, experiencia que han fijado mediante
su arte, lo cual es mucho.
De cualquier modo si, como ejemplo,
analizamos la obra de Hodler vemos que es a través de sus
paisajes donde mejor comunicó las cualidades cósmicas,
sin embargo en sus pinturas de historia o con personajes no plasmó
arquetipos sino estereotipos; creo que su profundidad menguó
en la medida en que se alejaba de la simplicidad contemplativa.
Algo muy semejante ocurre con Friedrich quien produjo algunas de
las pinturas más valiosas del Occidente de los últimos
siglos, pero su obra produce frecuentemente la impresión
de ser el trabajo de una bellísima alma cuyas intuiciones
fueron empañadas por el «espíritu de la época»,
que le llevó a introducir alegorías discursivas donde
podría haber simbolismo inmediato, y que, en otros casos
—quizás a causa de algunos traumáticos acontecimientos
que sufrió en su infancia— fue arrastrado por una sensibilidad
melancólica, ocasionalmente mórbida, que, seguramente,
se hubiera situado en el plano de la nostalgia si hubiera estado
protegido por la inteligencia de un ambiente tradicional homogéneo
cristalizado en normas encauzadoras. Millet o Sengantini son menos
problemáticos, quizás por su carácter menos
ambicioso o menos grande, no lo sé, que les permitió
transmitir un ambiente de piedad casi angélica. Hokusai,
en Japón, no tuvo que someterse a ningún canon extrínseco
para crear una obra espiritualmente tan sugerente como el Monte
Fuji rojo pues no trataba de hacer una obra sagrada; esto no mengua
su valor, pero esa grandeza no nos lleva a considerar sus xilografías como un soporte
adecuado para la oración ritual.
Agustín
López Tobajas: La
necesidad de atenerse a unas pautas predeterminadas ¿no supone
una limitación para el artista?
Vicente Pascual:
Posiblemente sea oportuno subrayar aquí que los mundos
regidos por las diversas religiones rebosan de sentencias y leyendas
—que no es necesario tomar al pie de la letra— que afirman
que es el Cielo, no determinados hombres, quien ha establecido unos
cánones para la práctica de las artes de carácter
sagrado, con el fin de proteger, enmarcar y encauzar el impulso
creativo dentro de tal mundo tradicional. No hablamos aquí
de preceptos arbitrariamente impuestos por el hombre, sino de modelos
intelectualmente intuidos por él; por eso dicen los vedantinos:
«Los trabajos humanos son imitación de los trabajos
angélicos». Cuando pienso en los cánones pienso
antes de nada en los modelos preexistentes en el mundo de lo puramente
inteligible y sólo después en sus cristalizaciones
en el mundo sensible como códigos providenciales.
En realidad sólo un artista sin
talento puede sentirse limitado por los cánones, así,
por ejemplo, la Virgen de Vladimir, una de las obras maestras del
arte bizantino —lo mismo ocurre en otras tradiciones—,
es una copia de copias de otras copias anteriores. Digo copia, aunque
en realidad no se trata de eso cuando hablamos de un artista verdadero,
pues éste no imitará la forma material que tiene ante
sí, sino la realidad celeste que el modelo terrestre refleja
y da cuerpo; este artista no se sentirá limitado por las
reglas que sin embargo protegerán tanto al artista menor,
cuyo discernimiento formal no es directo, como a su quehacer, de
la inercia individualista. El hombre que goza de la responsabilidad
que supone percibir la transparencia metafísica de los fenómenos
reconocerá estos cánones como vinculados a la Verdad,
por lo que no tendrá inconveniente en someterse a ellos,
tanto más cuanto que lo hecho de acuerdo con la Verdad participa
del Infinito y que éste no es, por definición, en ningún modo limitativo.
Pero, como dicen los taoístas, cuando el sabio señala
la luna el necio mira el dedo.
Por otra parte cada uno de los universos espirituales tiene sus
propias características y sus propias exigencias, así
hay mundos como el bizantino o el budista tibetano en los que el
arte sagrado está sometido a unas reglas formales de disposición,
color y proporciones particularmente rigurosas y otros, como el
mundo taoísta o el del budismo zen, en los que los cánones
para orientar el acto creativo se centran más en la actitud
y los gestos del artista.
Estableciendo un paralelismo con respecto a las virtudes universales
y su cristalización en códigos morales creo que podríamos
decir que sólo una sociedad compuesta por sabios y santos,
una sociedad totalmente sana, puede vivir sin normas y leyes extrínsecas.
Pero es cierto que tales normas se pueden degradar en moralismo cuando
predomina la ignorancia, culpable o inocente, dando valor absoluto
a lo que es una forma, una forma que puede ser muy adecuada pero
que finalmente es una entre otras posibles; en cualquier caso es
necesario el equilibrio entre rigor y libertad, entre musicalidad
y geometría.
Agustín
López Tobajas: Pasemos
a otro punto: la relación del simbolismo con el arte. Por
lo que dices acerca de ciertos pintores modernos, no sé si
debo deducir que para ti la dimensión simbólica del
arte se centra en una presencia del símbolo en sentido estricto,
es decir, una presencia física discernible de aquellos elementos
concretos sancionados por la ciencia sagrada como símbolos.
Pero al margen de esa serie limitada de configuraciones visuales
que aparecen recogidas en los «diccionarios de símbolos»,
está el hecho de que todo en la realidad tiene una dimensión
simbólica, en la medida en que todo es capaz de reflejar,
y por tanto de revelar, la profundidad oculta tras su superficie
y apuntar hacia la fuente metafísica de la que todo procede.
Vicente Pascual:
He debido de expresarme con torpeza pues cuando hablo de
símbolos no me refiero a lo que como tal ha podido ser sancionado;
una sanción no afecta en nada a una realidad. Tu descripción
del carácter simbólico de todo lo creado es admirable
y concisa. “Allí donde os volváis, allí está la Faz de tu Señor” recuerda el Corán. Todo en el mundo manifestado puede ser considerado un
símbolo, una letra de un libro inagotable, incluso una cajetilla
vacía y aplastada de tabaco, aunque para poder aprehender
tal hecho sea necesaria cierta capacidad discriminativa e intuitiva.
Además, algunos accidentes manifiestan la realidad más
por ausencia que por presencia.
Todo lo que existe participa necesariamente
en un grado u otro de un aspecto de lo que es por sí mismo,
pero esta participación puede ser accidental y fragmentaria;
por tanto, que nos refiramos o no a él como «símbolo»
dependerá de nuestra exigencia en cuanto a la nitidez y plenitud
con la que un fenómeno ha de reflejar la realidad arquetípica
que prolonga. El universo está hecho de las reverberaciones
de lo Real en planos de existencia que paulatinamente se alejan
del origen; todo lo que existe en el mundo de las formas sensibles
es símbolo del aspecto de lo Intangible al que aquí
da cuerpo. Estamos, pues, muy lejos de entender el símbolo
como el resultado de un acuerdo, lejos de ese signo convencional
que, por ejemplo, indica que una cosa es reciclable o que hay que
ceder el paso. Un símbolo es objetivo, sólo es subjetivo
el modo y el grado de apreciación.
Agustín
López Tobajas: A
lo que yo quería referirme es al hecho de que hay cuadros
en la pintura occidental de apariencia más o menos «naturalista»
que, sin necesidad de contener ningún «símbolo»,
tienen una gran capacidad para desvelar lo que la mirada rutinaria
ignora, y que tienen, por tanto, una inmensa profundidad simbólica.
No sé si estás de acuerdo...
Vicente Pascual:
Así es. Una sonrisa, un gesto o el olor a regaliz
de palo, pueden despertarnos la conciencia de ese Paraíso
que está por todo. Un acto, un objeto, puede transmitirnos
las esencias por su simbolismo, por su participación en aquello
que le es análogo en un plano superior de existencia. Así,
dentro de las artes plásticas, un símbolo tan polisémico
como el círculo no puede dejar de transmitir la idea del
Absoluto excluyente y de la Infinitud incluyente a menos que su
elaboración o su contexto traicionen su contenido; bastará
con que el artista sea respetuoso y tenga un oficio suficientemente
adecuado al medio, pero, indudablemente, su penetración intelectual
y su capacidad creativa darán profundidad al resultado.
He citado antes a Hodler, un verdadero
genio en cuanto a capacidad para expresar lo que la naturaleza manifiesta.
Cuando nos encontramos ante una de sus pinturas de montañas
o de lagos no podemos evitar ser cautivados por la grandeza que
comunican, pero es precisamente porque nos encontramos ante la obra
de un artista que tenía el don de ver en tal montaña
o en tal lago la montaña como tal y el lago como tal. En
estas pinturas las representaciones de la naturaleza tienen, a mi
entender, el valor de símbolo, pues Hodler no se limitaba
a plasmar la apariencia externa de determinados accidentes geográficos
sino que reflejaba lo que esos accidentes transmiten, su razón
de ser. Es interesante observar, he mencionado esto antes, que cuando
Hodler pinta paisajes su trabajo le lleva de algún modo a
extinguirse en un aspecto de la Verdad, el símbolo absorbe
al artista, y por el contrario, cuando pretende «comunicarnos
algo» mediante pinturas discursivas el resultado pierde profundidad,
limitándose a narrarnos las virtudes nacionales suizas o
sus inquietudes psicológicas personales, prodigiosamente
realizadas, eso sí.
Pero una pintura puede, y esto también
requiere cierta inteligencia espiritual por parte del artífice,
acercarnos a una realidad superior al despertarnos el recuerdo
por asociación de ideas —por alegoría—
o al transmitirnos la nobleza del modelo. Así, excelentes
pintores, aunque comparativamente menores, como Grubicy, hacen uso
de su excelente oficio para retratar un determinado fenómeno
terrestre que en ellos ha podido causar gozo o temor espiritual;
en esos casos lo que el artista replica es la belleza tal y como
se manifiesta en el modelo material; su mérito estará
en saber escoger el modelo, estilizarlo discerniendo en él
lo esencial de lo accesorio y así comunicarnos, mediante
su arte y su sensibilidad emocional, la nobleza de esa copia del
modelo arquetípico que es todo accidente terrestre. Lo mismo
podríamos decir de aquellos pintores cuyo modelo es humano;
en sus trabajos hay obras muy estimables que transmiten el esplendor
de los trabajos artísticos divinos tal y como son cuando
ya han tomado forma sensible. Y esto es mucho, máxime en
un mundo de plástico, acero y cristal tan pobre como el que
habitamos. Una pared de adobe, una referencia a la serenidad o a
la verdad, por parcial que sea, es un saludable respiro; pues hay
que tener en cuenta que dentro del hombre conviven lo que podemos
llamar un «hombre interior» y un «hombre exterior»,
y que este último tiene sus derechos legítimos, derecho
al deseo de una paz horizontal y a una honesta estabilidad, derecho
a cantar despreocupadamente canciones sencillas, a maravillarse
con la compleja cristalización de un mineral. Pero estos
derechos sólo encuentran su plenitud cuando hay equilibrio
entre el interior y el exterior.
Agustín
López Tobajas: En
definitiva, ¿podrías resumir como entiendes tú
lo esencial de la relación entre arte y símbolo?
Vicente Pascual:
Creo que conviene insistir en que considero como susceptible
de ser vivido como arte todo acto acorde con la condición
humana. En este sentido, entiendo que lo decisivo es la conciencia
de la relación entre el símbolo y lo simbolizado,
entre el accidente y la sustancia, entre lo posible y lo necesario,
conciencia que actualiza nuestra vinculación con el Centro
inalterable. Proclo dice en uno de sus tratados: «La tierra
contiene en modo terrenal lo que el Cielo comprende en modo celestial».
Podríamos decir que si fuéramos plenamente conscientes
de la profundidad de lo que nuestra respiración o nuestra
voz implican seríamos inevitablemente santos y sabios. El
arte, todo arte, es ante todo un medio para conocernos a nosotros
mismos y para actualizar en el corazón lo que hemos intuido
fugazmente o hemos discernido mentalmente de aquel lugar del que
fuimos exiliados. Citando a Schuon diré que la vía
del retorno al origen parte «del discernimiento entre lo Real
y lo ilusorio, o entre lo más real y lo menos real»,
y de las consecuencias intelectuales y volitivas que tal discriminación
implica. No basta con saber, hay que comprender.
Me parece oportuno decir aquí
que no considero inteligente relegar los conocimientos que el destino
nos ha permitido adquirir a un simple adorno burgués para
nuestro ego. Hay un hadîth del Profeta del Islam que creo
puede ser pertinente y que dice algo así como: «Todos
aquellos conocimientos que no hayan sido actualizados en el corazón
se levantarán ante el creyente el Día del Juicio,
como un muro». El don de la inteligencia conlleva implícitamente
la responsabilidad de actualizar la conciencia de lo que en realidad
somos, conciencia que sólo se puede mantener por la práctica
del recuerdo, idealmente constante, del Ser del que todo ser depende.
Y no se puede conocer lo supraformal sino a través de las
formas, formas que necesariamente son relativas; es decir, a través
de los símbolos.
Uno de los axiomas de nuestro tiempo
es que «todo es relativo», afirmación que sería
muy cierta si añadiera «en la manifestación»,
y es precisamente la conciencia de la naturaleza profunda de los
símbolos lo que reconduce lo relativo a lo absoluto. La única
razón de ser de lo relativo —el símbolo—
es la de ser un medio para el conocimiento de lo Absoluto. El Shaykh
Al ‘Alawî afirmaba en este sentido que la «ley
no nos ha sido prescrita y los ritos no nos han sido ordenados sino
con el fin de establecer el recuerdo de Dios».
Agustín
López Tobajas: Si
te parece podríamos pasar a comentar algo del arte contemporáneo.
En primer lugar, pienso que quizá sea un error el tratar
de meter todo el arte contemporáneo dentro de unas mismas
categorías. Es cierto que, en relación al arte que
le precede, todo el arte del siglo xx puede tener algo en común,
pero las diferencias entre unos artistas, o unos movimientos, y
otros, no son escasas. No me parece que De Chirico, Warhol, Mondrian,
Modigliani, Kandinsky y Morandi —por poner los primeros ejemplos
que me vienen a la mente— tengan mucho que ver entre sí;
incluso entre pintores a los que se asocia dentro de un mismo movimiento,
como Pollock y Rothko, por ejemplo, las diferencias que los separan
pueden no ser un asunto menor, ¿no crees? De ser así,
eso complicaría bastante las cosas y nos obligaría
a estar prevenidos contra la tentación de generalizar de
forma apresurada… ¿No habrá entre los perennialistas
una tendencia excesiva a generalizar sobre todas esas manifestaciones
artísticas del siglo XX —por lo menos— como globalmente
contrarias al Espíritu?
Vicente Pascual:
La verdad es que, hablando en grandes rasgos, el arte plástico
occidental de los últimos tres o cuatro siglos me resulta
muy poco interesante desde el punto de vista intelectual. Insisto,
hablo en términos generales, en términos de movimientos
y tendencias más o menos basadas en la inercia, pues soy
consciente de los valores de un Van der Weyden, un Turner o las
hermosas pinturas de la Escuela del Hudson River. Desde el renacimiento
hasta la segunda mitad del siglo XX, una larga serie de movimientos
se fueron sucediendo naciendo cada uno de ellos como reacción
a los excesos del movimiento previamente dominante; lamentablemente,
la presión social tuvo un tremendo poder para desvirtuar
la nobleza que en ocasiones acompañaba el origen de un movimiento.
Así, el romanticismo alemán, que tan noblemente reaccionó
contra la banalidad del arte entonces en boga, desfalleció
pronto en la fantasía pasional o en el pintoresquismo. El
impresionismo, que en las mejores pinturas de un Monet tuvo una
frescura que quería fijar ese instante en el que la Belleza
se refleja mediante un huidizo reflejo de luz, se disolvió
pronto en vacíos ejercicios académicos. El movimiento
de los «nabís» que siguió los pasos de
las intuiciones de Gauguin se diluyó, en la obra de sus seguidores,
en decoración mural. Se trata de una oscilación pendular
por la que cuando una moda fría pierde el alma se valora
la pasión, cuando una moda basada en la espontaneidad se
descubre como arbitraria, se torna a la minucia; y esto, olvidando
que el problema reside en que el artista y el espectador, quiéranlo
o no, tienen necesidad de algo que se sitúa más allá
de «las maneras», de la novedad o de la impresión
sensorial.
Con el comienzo del siglo XX se agudiza
la tendencia prometeica que incita al deseo de partir siempre de
cero, a «crear de la nada», a competir con lo divino.
Tras las guerras mundiales el sistema norteamericano quiere controlar
y poseer el negocio del arte y acuña un nuevo término
que hoy sigue siendo el dominante: «arte contemporáneo»,
que es básicamente lo mismo que el “arte moderno”, aunque con formatos mayores
y con más carga de justificación teórica; se utilizan
las filosofías o las teorías psicológicas del
momento: Jung en el caso de Pollock y Rothko, por ejemplo, y, desde
hace un par de décadas, las ideas de esa especie de filosofía
apofática para pequeños burgueses que llaman deconstruccionismo,
realzando el individualismo de carácter demiúrgico
y, pese a que dicen «investigar» sin cesar mediante
las «nuevas tecnologías» y a su «pluridisciplinar»
creatividad el resultado es soporífero. Esto
refleja muy bien el estado del mundo occidental moderno, un mundo
necesitado de inventar, producir y consumir sin parar, creyendo
que así se implantará la felicidad; al menos eso nos
hacen creer que creen.
Sin embargo, me parece muy significativa
y “acertada” la utilización del término
«contemporáneo» ya que por un lado indica un
nacionalismo colonialista en el tiempo, pues excluye aquello que
coexistiendo con nosotros no coincide con los presupuestos occidentales
del momento —un calígrafo chino actual no es contemporáneo
nuestro, al parecer— y por otro lado, pone de relevancia,
como si se tratara de un valor sustancial, su vinculación
con un momento temporal concreto y necesariamente accidental. Esto
refleja muy nítidamente el carácter dominante del
arte de hoy, un carácter contrario a la función espiritual
de suministrarnos un medio de salida de lo temporal cuantitativo
para situarnos en el presente eterno. Por supuesto, hay artistas
actuales que sólo coinciden accidentalmente con el arte de
moda y que disfrutan de la inteligencia necesaria para concentrar
su impulso creativo en aquello que es inagotable. En este sentido
podríamos forzar los términos y referirnos a un arte
«atemporáneo», un arte no condicionado por el
deseo de novedad ni por el capricho del mercado; un arte que necesariamente
será siempre «contemporáneo», mientras
que el denominado “arte contemporáneo” sólo coincidirá con aquél cuando
las modas se lo permitan.
Desde el punto de vista de lo que aquí
y hoy llamamos «platónico», y que en cualquier
otro tiempo fue considerado como el normal, el hombre entendería
lo manifestado como la obra del artista divino, una revelación
de la Unidad en la multiplicidad. Ahora bien, hay una relación
inversa entre el arte humano y su modelo el arte divino: el movimiento
de emanación que como consecuencia de la infinitud intrínseca
del Principio no puede dejar de irradiar, de manifestar lo que en
sí es totalidad de posibilidades. Cuando esta irradiación
alcanza el plano humano, que podríamos definir como el último
eslabón de reflejos capaces de manifestar la totalidad, esta
tendencia hacia el alejamiento, hacia la materialización
en una sustancia cada vez más espesa y opaca de lo que antes
se había definido en el mundo de los arquetipos, se invierte,
y la función del hombre es entonces reconducir lo que le
rodea, empezando por sí mismo como Imago Dei, hacia
el origen. No veo que esta sea la actitud más frecuente en
el arte que está bien visto producir hoy, un arte en el que
las manifestaciones físicas y psíquicas se consideran
independientes de cualquier principio más elevado, y al que
se exige ser una expresión de «nuestro tiempo»,
o de la personalidad del artista. El hombre que ha perdido la conciencia
del Infinito sigue teniendo necesidad de ello, aun sin saberlo,
y trata de conseguirlo en la multiplicidad cuantitativa.
Si hablamos de arte contemporáneo
hablamos de una tendencia muy clara, pero hay, por supuesto, grados
muy diversos de participación en ella que en muchos casos
son muy accidentales. Hay pintores actuales admirables cuyas obras
delatan un deseo de noble intimidad nostálgica; podría
citar a Gerardo Rueda, Díaz Caneja o Cristino de Vera entre
los españoles, hay más. Por el contrario, tenemos
casos de pintores rotos, poco homogéneos, pero muy inteligentes
plásticamente, como Barceló cuyas acuarelas de Mali
transmiten algo de la espontánea belleza de aquel pueblo, pero que,
al carecer del sentido del símbolo, ha sido capaz de realizar
una aberración, muy ingeniosa pero idiota y sórdida,
en la catedral de Palma. Por cierto ¡vaya discernimiento el
de las jerarquías de aquel cabildo!
Agnes Martin, Brancusi o Morandi son
ejemplos de artistas cuya obra delata una intuición y una
belleza de alma alejadísimas del carácter perverso
de un Warhol (para muchos el artista más importante del siglo
XX) o de un Damien Hirst (el famoso del momento).
Por otra parte, con la llegada del industrialismo
algunos artistas no pudieron dejar de expresar su horror ante los
abusos del materialismo y de los efectos que de él derivan.
Giuseppe Pellizza y otros pintores italianos de finales del XIX
lo hicieron con una capacidad comunicativa y un talento admirable.
Hoy, ante las terribles injusticias sociales y la frivolidad con
la que se declaran guerras criminales, algunos artistas se han comprometido
con la denuncia de la brutalidad de la que frecuentemente somos
testigos apáticos. Es indudable que esta actitud puede ser
una posibilidad legítima, aunque menor con respecto a la función central del arte, pues, de algún modo,
todo lo que es humano nos concierne.
Otro movimiento en el que encontramos
trabajos apreciables es cierta tendencia que vincularía el
Land Art con un minimalismo emocionado; algunos artistas como Wolfgang
Laib o Christiane Löhr son intuitivos ante la inmanencia en
la naturaleza y se esfuerzan para comunicar su admiración.
Agustín
López Tobajas: Si
tenemos en cuenta que el mundo actual se transforma continuamente
de forma desenfrenada (y eso, según los principios perennialistas,
por necesidad cósmica y no sólo por perversión
contingente), y pensamos también que el arte, aun obedeciendo
siempre a arquetipos eternos, debe ajustarse a condicionamientos
históricos, culturales, etc., parece difícil pensar
que hoy, en un mundo tan radicalmente distinto al medieval, se pudieran
seguir pintando iconos como en el siglo XIV. ¿O no? Los pintores
perennialistas habéis adoptado soluciones individuales pero
no habéis hecho una propuesta clara en cuanto al arte necesario
en el momento que vivimos... ¿Qué pintar en lugar
de los iconos? ¿O es que el camino del arte está,
desde un punto de vista social, definitivamente agotado?
Vicente Pascual:
Pintar iconos o no pintarlos depende de la necesidad y de
la oportunidad. En realidad no creo que un icono bizantino o cualquier
otro objeto de arte sagrado corresponda necesariamente y exclusivamente
a una determinada época. Los elementos culturales temporales
que pueden definir matices de estilo encuentran su legitimidad en
la medida en la que ser tenidos en cuenta pueden favorecer la receptividad
del mensaje. Si una virgen románica tiene interés
es porque expresa eficazmente una realidad cósmica eterna,
no por su carácter sociológico o histórico.
El verdadero artista sabrá imprimir la frescura de lo original,
lo que vincula al origen. Hace unas semanas visité el monasterio
de Leyre; hay allí una Virgen sedente realizada en 1974 que
sigue los cánones del románico con un talento admirable.
Poco me importa que sea tan reciente o si al artista, cuyo nombre
desconozco, se le califica de falto de creatividad. Tiene mi más
profundo respeto. En América conocí a Mohamed Zakariya,
un americano nacido cristiano convertido hace mucho tiempo al Islam , excepcionalmente
dotado para la caligrafía islámica, para la que ha
recibido la instrucción tradicional necesaria. Te puedo asegurar
que su trabajo es fresco y actual, precisamente por no estar determinado
por el momento accidental.
En mi caso no pinto iconos ni paisajes
taoístas, tampoco caligrafías islámicas. Mi
situación está determinada por ciertos condicionantes,
que ahora no vienen al caso, y es desde esa situación desde
la que trabajo. Hay un hadîth, profundísimo
en su aparente sencillez, que quizás parezca fuera de lugar
citar aquí, pero que para mí es una continua guía:
«Lo bueno está en lo que ocurre», refiriéndose
a que cualquier situación en la que el destino nos haya situado
es susceptible de ser vivida como una ayuda, o como un punto de
partida, según el caso, dentro de nuestra romería
particular.
Con respecto al perennialismo. No se
trata de una religión, se trata de la constatación
de que toda religión verdadera está fundamentada en
lo que se ha dado en llamar religio perennis que se situaría
más allá de las modulaciones formales. La constatación
de que todas ellas coinciden en su núcleo supraformal, ese
Tao que no puede ser nombrado, y la conciencia de que ese conocimiento
implica unas consecuencias intelectuales y psicológicas coherentes.
Los términos serían prácticamente los mismos,
mutatis mutandi, para expresar la relación entre
sophia perennis y las diversas modulaciones tradicionales
de la sabiduría. El papel del perennialismo con respecto
al arte es expresar los principios universales fundamentales, no
dictar como aplicarlos.
Agustín
López Tobajas: Te
has referido varias veces a la identificación entre el arte
y la vida, pero «fundir el arte con la vida» es una
de las consignas más habituales entre buena parte de los
movimientos vanguardistas del siglo XX. Evidentemente es una fórmula
abreviada que sólo tiene sentido cuando se parte de un arte
y una vida con un cierto nivel de dignidad, nobleza, verdad y belleza,
porque fundir una vida estúpida con un arte desintegrado
no parece que tenga demasiado interés. Ahora bien, teniendo
en cuenta que las cosas están como están, ¿no
tendría más sentido reivindicar hoy en día
justo lo contrario: una separación radical del arte y la
vida de modo que el arte pudiera, al menos, representar de algún
modo todo lo que la vida no es?
Vicente Pascual:
A veces afirmaciones literalmente idénticas implican
ideas diametralmente opuestas. El axioma de Marcel Duchamp: «El
propio artista tiene que ser una obra de arte» es una afirmación
que ha sido hecha innumerables veces en el pasado dentro de los
distintos mundos tradicionales, mucho antes de que lo hicieran Duchamp,
Warhol y otros. La diferencia reside en el concepto de lo que es
arte. Para el artista moderno esta afirmación indica que
todos sus actos son útiles como refuerzo para la afirmación
del individuo en sus propias opiniones y peculiaridades: se trata
de un impulso centrífugo; el hombre antiguo por contra, sea
o no consciente de ello, ve sus actos como un medio para vaciarse
y ser, dentro de sus límites, un locus de la presencia
divina. No se trataría tanto de llegar a ser como de dejar
de ser; al menos así se interpreta este tema dentro de la
perspectiva perennialista. Su oficio, su arte vocacional, es el
motor dinamizador de esta potencialidad que, llevado a cabo en silencio
interior, empapará todos sus actos.
En realidad la vida es sencilla, es
el hombre el que es complicado. Recuerdo una vieja leyenda: Estaba
San Luis, rey de Francia –quien por supuesto cumplía con los deberes de su estado y de su religión–, jugando a la pelota con sus hijas. Una
de ellas le preguntó qué haría si supiera que
iba a morir mañana. San Luis le preguntó qué
haría ella. «Me entregaría a obras de caridad».
«¿Y tú?», le preguntó el rey a
su segunda hija. «Yo me recogería en la oración»;
y así con las otras hijas. «¿Qué harías
tú padre?», le preguntaron ellas, a lo que San Luis
respondió: «Yo seguiría jugando con vosotras».
Eso dice la leyenda, y me gustaría añadir para acabar,
que quizás la muerte venga mañana, y me dirá:
Ya está, y le diré ¿ya está?, y me dirá
ya está. Y ojalá me haya modelado a mí mismo
con suficiente arte cuando eso pase.
Agustín
López Tobajas, 2007
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Agustín
López Tobajas, (Zaragoza, 1949). Ha traducido al castellano
obras de H. Corbin, L. Massignon, A. Schimmel, F. Schuon, R.
Guénon, A. K. Coomaraswamy, G. Durand, Simone Weil, R.
Pánnikar, D. T. Suzuki, E. Swedenborg, etc. Codirector
de la revista Axis Mundi (1994-1999). En 2005 publicó
Manifiesto contra el progreso, José J. de Olañeta
Editor, Mallorca. Estudioso de las tradiciones espirituales,
colabora con numerosas publicaciones especializadas. En la actualidad
dirige el Círculo de Estudios Espirituales Comparados |
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