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MEMORIAS DE LA
TORRE BLANCA
"Pues ninguna
ciudad podría ser feliz a menos que fuera diseñada
por artistas que imitaran el modelo celeste" [1]
Trataré de decir algo. No tenía ninguna una idea
preconcebida de como iba a enfocar este trabajo, y no pensaba
que esta estancia hubiera de afectar a mi pintura más allá
de ese refresco que supone toda sana interrupción de los
hábitos; de hecho desde el exterior nada a cambiado pero,
en lo que se refiere a la actitud creativa, vivir en este entorno
me ha ayudado, y mucho, a actualizar la certidumbre de que la
simplicidad participa de algo, así como un misterio, que
le permite referirse a ideas, a arquetipos, que se materializan
en los más diversos modos y grados de plenitud en el mundo
tradicional y en lo creado, sin jamás agotarse.
Todavía algunas ciudades, ya pocas, se mantienen próximas
a aquella Hurqalya de los orientales
[2], aquella
ciudad celeste que se sitúa fuera del espacio y de la historia
que, dicen, fue patrón de toda ciudad, y cuya presencia
en nuestra intuición intelectual nos sirve para determinar
si las ciudades son, o no, acordes al modelo ideal. Esa antigua
ciudad que, según los historiadores, los pobladores musulmanes
llamaban ya Santa María de Albarracín, lo es.
Hay un concepto referido al acto creativo que me es particularmente
querido y que siempre trato de tener presente: "Consonantia
et Adaequatio". El artista –y todo hombre lo es cuando
lleva a cabo una actividad acorde con su propia naturaleza, con
su posibilidad existencial– ha de crear de acuerdo a un
patrón intuido o conocido interiormente, en consonancia,
y de un modo adecuado al soporte, o materia, empleado para su
corporización perceptible a los sentidos. Dicen que en
cualquier trabajo de arte hay dos actos necesarios para la producción:
uno de contemplación en el que la idea es concebida, y
uno de operación en el que el artista da cuerpo a tal concepto
[3]. Bien,
digo esto para expresar la sensación de reto que se apoderó
de mí tras el primer contacto con Albarracín, ya
que el modo en que los anónimos artistas la crearon –en
un proyecto continuado en el tiempo– es modélico:
dieron cuerpo a una ciudad en consonancia con la idea de lo que
una ciudad ha de ser y lo hicieron de un modo adecuado a un medio
preciso. Hay muchas ciudades bellas y muchos lugares maravillosos,
pero lo que aquí me sedujo fue la inteligencia de la integración
del urbanismo y su entorno en una sola unidad. Si tienen alguna
razón los que consideran que el sentido fundamental del
arte es el de favorecer la unificación de los planos que
conforman el ser humano: espiritual, psicológico y físico;
entonces, aquéllos que crearon Albarracín, fueron,
verdaderamente, grandes artistas. Así, mi trabajo aquí,
más que nunca, me exigía asumir el reto de continuar
esa línea modelada en la extinción activa en la
naturaleza de las cosas.
Bueno, entonces surgió el encuentro con una atalaya que
llaman la "Torre Blanca", un torreón medieval
exento, de geometría cristalina. Y, quizás por contraste,
se me hizo obvio que la ciudad de Albarracín es femenina,
como un cobijo en el que protegerse de un tiempo inclemente. Es
misteriosa, ligera e imaginativa; incluso su color salmón
recuerda a la novia o la esposa bienamada. Mi trabajo siempre
ha buscado el equilibrio entre una libertad musical y un rigor
lógico, pues sin éste el resultado es disolvente
y sin aquél el resultado es coagulante. Así que
ya no me cupo duda. Comencé a estudiar esta construcción
que se me mostró como el eje inalterable en el que esta
ciudad encuentra su equilibrio.
Este aspecto axial me resultó aun más sorprendente
cuando reparé en que también el río lo había
percibido. Es realmente muy interesante, este carácter
de eje inamovible toma relieve al contrastar su presencia con
la fluidez del Guadalaviar, que llega a Albarracín encañonado,
entre rocas; se encuentra con la torre a la que rodea siguiendo
la dirección contraria al sol, --lo que rememora muy claramente,
aunque en grado menor, lo que la circunvalación a la Caaba
actualiza, el retorno al origen primordial—y, tras este
acto de homenaje, el río fertiliza la vega; como tras la
peregrinación, eso dicen, los musulmanes esparcen la semilla
de vida en el mundo, renovándolo. Sin embargo, este torreón
acentúa un carácter complementario al del lejano
edificio, ya que aquí no es el lugar al que se dirigen
las miradas sino el punto desde donde parten. Es una atalaya desde
la que se discierne aquello indeseable que pudiera venir desde
el exterior por cualquiera de las cuatro direcciones del espacio,
pero a su vez es también refugio, protección, fija
el espacio en sus tres dimensiones y permite la sálida
fuera de sus límites.
Todo esto me llevó a recordar aquella jaculatoria de la
letanía de Loreto "Turris Eburnea",
"Torre de Marfil", que sugiere la idea de corazón
y camino vertical. Meditando sobre esta idea llamó mi atención
la franqueza de su asentamiento. Bajo la entrada hay algo así
como un sótano semejante a una caverna, casi la totalidad
de esta sala está ocupada por una roca sin desbastar –el
vacío–, y arriba, una terraza en la que ya sólo
se encuentra la boveda celeste –la plenitud–. Pero
temo que las formas de las pinturas de esta serie puedan defraudar
a quien buscase claves discursivas o alegorías. No he tratado
de retratar la torre, sino de dar cuerpo en otra materia y en
otro soporte, a aquello que ella expresa en piedra.
Dicen que el arte contemporáneo ha de expresar nuestros
tiempos, eso dicen; en ese caso, hace ya mucho que dejé
de ser una artista contemporáneo. Hizo frío y llovió
durante los meses vividos en Albarracín; hacía falta
un cierto rigor para compensar tanta belleza, y esto me ha venido
bien para trabajar mucho. Alguna noche fui detrás la Torre
Blanca, junto al cementerio y, mirando las estrellas, recordé
cómo Dante da fin a su comedia:
"A l’alta fantasia qui mancó possa;
ma già volgeva il mio disio e ‘l velle.
sì come rota ch’ igualmente è mossa,
l’Amor che move il sole e i’altre stelle" [4].
Vicente Pascual
Tarazona, 4 de julio de 2004
[1]
Platón, República, 500.
[2] Ver Henry Corbin, Cuerpo
espiritual y Tierra Celeste, Ed.
Siruela, Madrid 1996.
[3] Roger Lipsey, Figure of speech or
thought? en Coomaraswamy,
Traditional Art and Symbolism, Princeton University,
Princeton, NJ. 1977.
[4] Y la alta fantasía fue impotente;
Mas mi voluntad seguir quería sus huellas,
Como a otra esfera, hizo el amor ardiente
Que mueve al sol y a las demás estrellas.
Dante, El Paraíso, canto 33, 142-145.
Catálogo
de la exposición en formato PDF: textos
236 KB, pinturas
209 KB.
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