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Durante los meses de abril a junio de 2004 Vicente Pascual trabajó en Albarracín, invitado por la Fundación Santa María, dentro del ciclo "Estancias Creativas" comisariado por Alejandro J. Ratia.
Las obras realizadas dieron lugar a la exposición "Turris Eburnea / Memorias de la Torre Blanca".
Este texto resume su experiencia.
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MEMORIAS DE LA TORRE BLANCA

"Pues ninguna ciudad podría ser feliz a menos que fuera diseñada
por artistas que imitaran el modelo celeste" [1]


Trataré de decir algo. No tenía ninguna una idea preconcebida de como iba a enfocar este trabajo, y no pensaba que esta estancia hubiera de afectar a mi pintura más allá de ese refresco que supone toda sana interrupción de los hábitos; de hecho desde el exterior nada a cambiado pero, en lo que se refiere a la actitud creativa, vivir en este entorno me ha ayudado, y mucho, a actualizar la certidumbre de que la simplicidad participa de algo, así como un misterio, que le permite referirse a ideas, a arquetipos, que se materializan en los más diversos modos y grados de plenitud en el mundo tradicional y en lo creado, sin jamás agotarse.

Todavía algunas ciudades, ya pocas, se mantienen próximas a aquella Hurqalya de los orientales [2], aquella ciudad celeste que se sitúa fuera del espacio y de la historia que, dicen, fue patrón de toda ciudad, y cuya presencia en nuestra intuición intelectual nos sirve para determinar si las ciudades son, o no, acordes al modelo ideal. Esa antigua ciudad que, según los historiadores, los pobladores musulmanes llamaban ya Santa María de Albarracín, lo es.


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Hay un concepto referido al acto creativo que me es particularmente querido y que siempre trato de tener presente: "Consonantia et Adaequatio". El artista –y todo hombre lo es cuando lleva a cabo una actividad acorde con su propia naturaleza, con su posibilidad existencial– ha de crear de acuerdo a un patrón intuido o conocido interiormente, en consonancia, y de un modo adecuado al soporte, o materia, empleado para su corporización perceptible a los sentidos. Dicen que en cualquier trabajo de arte hay dos actos necesarios para la producción: uno de contemplación en el que la idea es concebida, y uno de operación en el que el artista da cuerpo a tal concepto [3]. Bien, digo esto para expresar la sensación de reto que se apoderó de mí tras el primer contacto con Albarracín, ya que el modo en que los anónimos artistas la crearon –en un proyecto continuado en el tiempo– es modélico: dieron cuerpo a una ciudad en consonancia con la idea de lo que una ciudad ha de ser y lo hicieron de un modo adecuado a un medio preciso. Hay muchas ciudades bellas y muchos lugares maravillosos, pero lo que aquí me sedujo fue la inteligencia de la integración del urbanismo y su entorno en una sola unidad. Si tienen alguna razón los que consideran que el sentido fundamental del arte es el de favorecer la unificación de los planos que conforman el ser humano: espiritual, psicológico y físico; entonces, aquéllos que crearon Albarracín, fueron, verdaderamente, grandes artistas. Así, mi trabajo aquí, más que nunca, me exigía asumir el reto de continuar esa línea modelada en la extinción activa en la naturaleza de las cosas.

Bueno, entonces surgió el encuentro con una atalaya que llaman la "Torre Blanca", un torreón medieval exento, de geometría cristalina. Y, quizás por contraste, se me hizo obvio que la ciudad de Albarracín es femenina, como un cobijo en el que protegerse de un tiempo inclemente. Es misteriosa, ligera e imaginativa; incluso su color salmón recuerda a la novia o la esposa bienamada. Mi trabajo siempre ha buscado el equilibrio entre una libertad musical y un rigor lógico, pues sin éste el resultado es disolvente y sin aquél el resultado es coagulante. Así que ya no me cupo duda. Comencé a estudiar esta construcción que se me mostró como el eje inalterable en el que esta ciudad encuentra su equilibrio.

Este aspecto axial me resultó aun más sorprendente cuando reparé en que también el río lo había percibido. Es realmente muy interesante, este carácter de eje inamovible toma relieve al contrastar su presencia con la fluidez del Guadalaviar, que llega a Albarracín encañonado, entre rocas; se encuentra con la torre a la que rodea siguiendo la dirección contraria al sol, --lo que rememora muy claramente, aunque en grado menor, lo que la circunvalación a la Caaba actualiza, el retorno al origen primordial—y, tras este acto de homenaje, el río fertiliza la vega; como tras la peregrinación, eso dicen, los musulmanes esparcen la semilla de vida en el mundo, renovándolo. Sin embargo, este torreón acentúa un carácter complementario al del lejano edificio, ya que aquí no es el lugar al que se dirigen las miradas sino el punto desde donde parten. Es una atalaya desde la que se discierne aquello indeseable que pudiera venir desde el exterior por cualquiera de las cuatro direcciones del espacio, pero a su vez es también refugio, protección, fija el espacio en sus tres dimensiones y permite la sálida fuera de sus límites.

Todo esto me llevó a recordar aquella jaculatoria de la letanía de Loreto "Turris Eburnea", "Torre de Marfil", que sugiere la idea de corazón y camino vertical. Meditando sobre esta idea llamó mi atención la franqueza de su asentamiento. Bajo la entrada hay algo así como un sótano semejante a una caverna, casi la totalidad de esta sala está ocupada por una roca sin desbastar –el vacío–, y arriba, una terraza en la que ya sólo se encuentra la boveda celeste –la plenitud–. Pero temo que las formas de las pinturas de esta serie puedan defraudar a quien buscase claves discursivas o alegorías. No he tratado de retratar la torre, sino de dar cuerpo en otra materia y en otro soporte, a aquello que ella expresa en piedra.

Dicen que el arte contemporáneo ha de expresar nuestros tiempos, eso dicen; en ese caso, hace ya mucho que dejé de ser una artista contemporáneo. Hizo frío y llovió durante los meses vividos en Albarracín; hacía falta un cierto rigor para compensar tanta belleza, y esto me ha venido bien para trabajar mucho. Alguna noche fui detrás la Torre Blanca, junto al cementerio y, mirando las estrellas, recordé cómo Dante da fin a su comedia:

"A l’alta fantasia qui mancó possa;
ma già volgeva il mio disio e ‘l velle.
sì come rota ch’ igualmente è mossa,
l’Amor che move il sole e i’altre stelle" [4].

Vicente Pascual
Tarazona, 4 de julio de 2004

[1] Platón, República, 500.
[2] Ver Henry Corbin, Cuerpo espiritual y Tierra Celeste, Ed. Siruela, Madrid 1996.
[3] Roger Lipsey, Figure of speech or thought? en Coomaraswamy, Traditional Art and Symbolism, Princeton University, Princeton, NJ. 1977.
[4] Y la alta fantasía fue impotente;
Mas mi voluntad seguir quería sus huellas,
Como a otra esfera, hizo el amor ardiente
Que mueve al sol y a las demás estrellas.
Dante, El Paraíso, canto 33, 142-145.

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