Textos de Antón Castro sobre Vicente Pascual Rodrigo

Palabras de Vicente Pascual

ANTÓN CASTRO

HERALDO DE ARAGON / 17 de abril de 2008

Vicente Pascual es pintor, pensador y poeta. La vida, en los últimos años, le está sometiendo a una dura prueba: crea, sueña, alimenta su entusiasmo contra las ruinas de una cruel enfermedad. Concentrado en sí mismo, concentrado en el amor y en la creación, es capaz de hallar palabras, trazos, emociones que tienen el sello de lo auténtico, de la entrega. Publica ahora "a la Vida, a la Muerte y a mi Bienamada", un poemario construido con cancioncillas y cancionejas, que retrata el alma del poeta: la espera y la esperanza, la ficción de un delirio de amor. Vicente, con grave serenidad, con irónica armonía, con la plenitud del resistente que se exalta y exalta sus afectos, compone uno de esos libros plenos de sabiduría, de paísajes íntimos, del territorio sagrado del pensamiento, que se vuelve hondo, sensual, trágico, que se vuelve himno, cántico y elegía.

 

Vicente Pascual. Cuentos de domingo El pintor místico

ANTÓN CASTRO.

HERALDO DE ARAGON / 21 de noviembre de 2007


Vicente Pascual Rodrigo, el pintor místico, ha recorrido medio mundo y ha vivido en el otro medio: Japón, la India, Turquía, Washington. E incluso se ha asentado en Tarazona, donde recibía los aires del Moncayo y los mudos aromas del mudéjar. Desde hace unos meses, se ha trasladado a Utebo, cerca de la esbelta torre con pasadizos y estancias secretas. Desde el balcón de su casa, atisba una cordillera de montañas que le hacen pensar en El Cairo: son como colinas menudas de cuarzo, acaso de páramo lunar, vueltas hacia la luz cambiante del día. Vicente las mira y sueña. Vicente las mira e imagina poemas. Vicente no es un pintor del natural: interioriza sensaciones, pensamientos, ráfagas de luminosidad, y luego los traslada a su obra, severa, espiritual, reconcentrada. Suele pintar en una nave que le ha dejado el ayuntamiento de Utebo o en un pequeño estudio, donde reposan sus apuntes, sus recuerdos y su portátil Dell. Ha ido ordenando las carpetas de su ordenador con una paciencia infinita: aquí están las fotos de los pueblos donde ha vivido; allá, sus cuadros de todas las épocas; allá, sus notas, sus entrevistas, sus fotos de familia, sus proyectos. Quizá lo que más impresione de él sea su lentitud poblada, su emotividad poética: ha escrito poemas, aforismos, y en casi todos habla de la belleza, del sueño, de la trascendencia, del amor y de la amada, y de la muerte, que le ronda en forma de una enfermedad terrible. Conversar con él es un regalo de otoño, un dulce don de los dioses: camina poseído por la serenidad de los que esperan sin ansiedad y sin fatalismo un nuevo milagro de la vida.

 

CDAN, Huesca. Vicente Pascual. Sobre el Volcán

ANTÓN CASTRO

HERALDO DE ARAGON / 18 de noviembre de 2006

Llegó ayer a Huesca un proyecto insólito, elaborado con la llama viva del volcán y a la vez desde una calma casi quietista o zen. Llegaba ayer a Huesca, al CDAN, una exposición y un libro: “Las 100 vistas del Monte Interior” (DGA, CDAN y Olifante, 2006), cuyo autor es Vicente Pascual Rodrigo (Zaragoza, 1955), un pintor que Aragón ha recuperado de manera definitiva en 2003, tras residir varios años en Mallorca y en Estados Unidos. Vicente Pascual formó desde 1970 a 1989 el grupo La Hermandad Pictórica con su hermano Ángel Pascual, y juntos desarrollaron en un inicio una pintura de eco social, cargada de ironía y próxima al cartelismo, que coincidía con algunos planteamientos estéticos del Equipo Crónica, del Equipo Realidad y de determinados momentos de Eduardo Arroyo. Luego, bajo el influjo de la pintura de Caspar David Friedrich y de un numen claramente oriental, desarrollaron una pintura llena de luz, de delicadeza, de color, que alcanzó en el paisaje su mayor grado de pureza y belleza. Ambos evolucionaron de forma diferente: Vicente se trasladó a Estados Unidos, donde residió casi quince años, y modificó su estética. Frente al brillo, a la suntuosidad y a la anécdota, optó por una nueva línea más sobria, despojada y sin relato. Vicente había cambiado, percibió el impacto de las culturas chinas y japonesas, y quiero hablar no sólo de arte, sino de pensamiento, de poesía, de textos un tanto fronterizos que cabalgan entre el lirismo, la alegoría y el aforismo.

En 2003, Vicente y su ángel tutelar Ana Marquina se instalaron en Tarazona, ante ese monte ventoso, ese monte legendario que se corona de nieve y de melancolía desde inicios del otoño, el Moncayo que cantaron el marqués de Santillana, Machado o Bécquer.

Y allí, paseando, soñando, pugnando con una enfermedad terrible ante la que demuestra un pundonor y una fe en la vida absolutamente admirables, allí, al cobijo del Moncayo, Vicente Pascual Rodrigo emprendió este curioso proyecto: “Las 100 visitas del Monte Interior”, que es un homenaje y un acercamiento a “Las 100 Vistas del Monte Fuji”, que realizó el maestro del Ukiyo-e Katsushika Hokusai entre 1834 y 1840 en xilografías de 23 por 16 centímetros, creador que tras realizar otro tipo de trabajos acabó sus días loco. De ahí que Vicente Pascual haya colocado esta nota: “En recuerdo de los antiguos locos” Aquel trabajo de Hokusai era un “reflejo del centro inmóvil, como una paradigmática manifestación exterior del eje interior, una nítida expresión material de un modelo situado en el mundo de los arquetipos”. El trabajo de Vicente Pascual es aún más austero: aborda un volcán interior que se expresa a través del máximo rigor de la geometría. Rigor, simetría, exactitud y orden son algunas palabras que encajan en este libro y en esta exposición que puede leerse y verse como un diario iniciático, como una búsqueda.

Vicente Pascual dice que no ha pensado tanto en el posible espectador como en su propio provecho, en su fogosa intimidad, en el frío pálpito de su cerebro que piensa y sueña. No busca el entretenimiento, ni el brillo ni el artificio, sino una desnudez radical, casi taoísta o hindú. El artista está en todo y lo es todo en esta muestra. El artista se siente un místico, un creador que busca la iluminación más decisiva, que se sabe en camino hacia las “más elevadas Verdades”. Utiliza sólo dos colores en sus obras de 12 x 12 centímetros: un color negro, casi ahumado, y un óxido cálido que bien podría remitir a la pintura rupestre, a la memoria sedimentada de los pintores de las cavernas. Vicente Pascual reflexiona sobre la dicotomía del existir: el ser o no ser, la vida y la muerte, lo efímero y lo inmutable. Y además, añade poesía de su cosecha, vinculada a Rumi o a Keats, pongamos por caso, poesía metafísica, sensual, poesía sobre la naturaleza excitada por la melodía de las estaciones y de las ideas.

 

MUSEO DE TERUEL "Axis Mundi" Vicente Pascual y el mudéjar

ANTÓN CASTRO

HERALDO DE ARAGON / Artes & Letras, Zaragoza 15 de septiembre de 2005

Vicente Pascual (Zaragoza 1955) es uno de los pintores aragoneses más personales. Es un místico, es también el viajero más lento, es un nómada que se mueve con zancadas de sensibilidad. Es un pensador y un amanuense, un artista que se ha parado en medio del vértigo o del torbellino para encontrarse. Y así, con una pintura que nace de la reflexión y del minimalismo, retorna al mundo de los sentidos, de la geometría precisa y sin desgarro. Tras haber residido varios meses en Albarracín, ascendió a la torre mudéjar de San Salvador, esculpida con ladrillo, cristal y filigrana de luz y orgullo abierto al viento.


Inauguración "Axis Mundi".
De izq. a dcha. Gonzalo Tena, Vicente
Pascual, Ricardo Calero y Enrique Larroy.


En su interior, peldaño a peldaño, vivió una de sus aventuras casi cósmicas: accedió al eje del mundo, a las puertas, a los arcos, a la loza, al misterio. Como meditación de ese tránsito, ha nacido su muestra "Axis Mundi", que se expone en el Museo de Teruel, el eje del mundo que dialoga con los limos y con la montaña sagrada del cielo, con el árbol real o imaginario de la vida y de la razón.

El resultado se resume en una treintena de obras en lienzo y papel donde Vicente Pascual, orfebre sin prisa, calígrafo de un laberinto apresado, vuelve a dar una lección de pintura: conecta con el mundo islámico, vuelve a la tradición de los maestros orientales, huye de la estética occidental y a la vez se topa con ella porque hay en sus cuadros ecos de jardinería, de los mapas de la arquitectura. Vicente Pascual, que ha sido pop, que ha hecho pintura social, que acarició el espejo de Friedrich, está seguro de sí mismo: pinta para siempre. Pinta y pinta, y busca un Edén incomparable y despacioso de éxtasis y afirmación.

 


PINTURAS DE VICENTE PASCUAL

VICENTE PASCUAL BIBLIOGRAFIA



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