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Si apilamos las palabras que genera el arte moderno - inconformidad,
vanguardia, rebeldía, originalidad, novedad -, seguramente
las veremos arder como una impresionante y fútil hoguera
por el solo hecho de estar juntas. Cada una de ellas tiene tanta
fuerza cinética, tanta agitación y desasosiego que
son inflamables. El arte moderno está atrapado en la temporalidad
y en un lenguaje sin reposo y profundidad. Afortunadamente todavía
hay geografías que se pliegan para evitar tanta agitación,
obras que abren sus ojos a paisajes más meditados y serenos,
autores que sobrevuelan la temporalidad.
Vicente Pascual es uno de esos artistas que pueden ser contemporáneos
sin ser modernos. Su trabajo se ha desarrollado entre España
y Estados Unidos y su currículo está transido de exposiciones,
colecciones y museos que tienen su obra. Pero lo que más
nos ha llamado la atención es la impresionante lista de textos
que se han escrito sobre sus pinturas. Los cuadros de Vicente Pascual
son una invitación a la reflexión y la interioridad.
Dionisio
Romero: En su pintura ha pasado de pintar paisajes con una
visión abstracta a pintar cuadros abstractos que señalan
o reflejan a la naturaleza…
Vicente
Pascual: En realidad mis primeros trabajos fueron abstracciones
más bien narcisistas. Fue posteriormente, cuando comencé
a interesarme por el sentido profundo contenido en las formas de
la naturaleza, cuando mis cuadros asumieron la forma de paisaje.
Ya en aquellos primeros
paisajes de los años setenta no buscaba un mero disfrute
en la emoción que las bellezas de la naturaleza transmiten,
pues su belleza es mucho más; tampoco me interesaba retratar
determinados accidentes. Como otros muchos hombres, y al margen
de mi oficio, encontré en la naturaleza un modelo del orden
a imitar y un enorme apoyo para el conocimiento de mí mismo.
Pero este trabajo interior no podía llevarlo a cabo sino
a través de aquel arte para el que estaba dotado.
Pasó el tiempo y, sin proponérmelo, mi pintura se
despojó de la vestimenta de aparente naturalismo que la había
cubierto. Comencé entonces a investigar las constantes de
los ritmos
de la naturaleza en las expresiones de los pueblos nómadas
y, de nuevo, unos años después, mi pintura sufrió
un cambio cuando se redujo al color más austero y a las geometrías
más básicas, lo que me exigió un complemento,
no pequeño, de musicalidad interior para que el contenido
intelectual fuera fluido. Ahora bien, este proceso fue sólo
un cambio extrínseco, pues hacía mucho que mis pinturas
no trataban de ser un reflejo de una percepción objetiva
o subjetiva de las formas sensibles sino de las ideas que proporcionan
coherencia a aquellas formas; cuando miraba una montaña no
sentía ninguna necesidad de retratarla en su peculiaridad,
sino de fijar en la materia pictórica lo que aquella montaña
expresaba en el lienzo de la naturaleza. Así regresé
a las abstracciones más simples, pero sólo en su exterior
coincidían éstas con las formas que pintaba en mi
juventud. Ahora recordaba a nuestros mayores cuando decían:
“El arte ha de imitar a la naturaleza en su modo de operar”.
Me gustaría insistir en que ninguno de estos cambios ha sido
premeditado; no creo que el artista “deba” cambiar cada
cierto tiempo de estilo, tener “épocas”. Me interesan
muy poco los vaivenes. El problema es que vivimos en un mundo que
no es homogéneo y nuestro trabajo interior, sin cambiar de
intención, actitud ni carácter, puede tener que adaptarse
exteriormente a determinadas circunstancias para seguir siendo el
mismo, como un árbol adquiere un aspecto distinto en invierno
que en verano. La frescura creativa que los antiguos artistas pudieron
mantener a lo largo de siglos de estabilidad formal me resulta envidiable.
Dionisio
Romero: ¿Cómo ve la naturaleza, como
una imagen exterior o como un paisaje interior?
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Vicente
Pascual: Soy hijo de nuestro tiempo y, por tanto,
cargado con determinados tics mentales de los que a veces es muy
difícil desprenderse. Cuando veo los templos, las danzas,
la artesanía de las diversas culturas tradicionales, cuando
leo su filosofía, cuando he tenido contacto con alguno de
los pocos hombres antiguos que han llegado hasta nosotros, veo que
eran sabios. Participaban de una sabiduría que no se caracterizaba
por la hipertrofia mental, sino por la capacidad para ver las cosas
tal como son y que les confería voluntad para actuar en consecuencia,
una claridad que penetraba en la transparencia metafísica
de los fenómenos. Es esta comprensión la que, como
resulta evidente por su arte, permitía al hombre normal vivir
tanto en diálogo con la naturaleza como en unión con
ella. Exterior e interior son aquí dos aspectos de una misma
cosa, es más, son esencialmente una misma realidad; de ahí
la antigua afirmación de que la Belleza es el esplendor de
la Verdad.
ARTE FUERA DEL TIEMPO
Dionisio
Romero: Da la impresión que se mantiene muy
alejado del arte contemporáneo. Usted llegó a decir
que busca lo que buscaron los antiguos, pero al mismo tiempo sus
cuadros abstractos parecen muy actuales ¿Puede explicarnos
estas relaciones?
Vicente
Pascual: Citaba entonces a Basho, el poeta japonés,
quien dijo: “No sigo a los antiguos, busco lo que ellos buscaron”.
La verdad es que el arte de hoy, en términos generales, me
resulta muy poco interesante y su propia autodenominación
de “contemporáneo” me sugiere un cierto nacionalismo
narcisista en el tiempo (también corresponde, sin duda, a
un nacionalismo de la cultura moderna occidental para la que es
un excelente instrumento colonialista). No es necesario meditar
mucho en lo que es el arte para ver aquí una contradicción,
al menos con lo que siempre hemos entendido como la función
del arte: la de suministrarnos un medio de salida de lo temporal
cuantitativo para adentrarnos en lo atemporal cualitativo. En este
sentido me interesa un arte que llamaré “atemporáneo”,
un arte no condicionado ni por el deseo de novedad ni por el capricho
del mercado; un arte que necesariamente será siempre contemporáneo,
mientras que éste sólo coincidirá con aquél,
en el mejor de los casos, mientras las modas se lo permitan.
Contemplando una miniatura del Rajhastan, una talla románica,
una pintura taoísta o una caligrafía islámica,
salimos del tiempo y penetramos en el aroma de lo Eterno; por el
contrario, mirando una pintura de Warhol vemos el producto de un
individuo ingenioso de finales del siglo XX. La consideración
de lo “nuevo”, de lo de “nuestro tiempo”,
como si por sí mismo eso tuviera un valor definitivo, provoca
necesariamente trivialidad y eleva una barrera psicológica
para la apreciación de la naturaleza. No me refiero aquí
a la llamada de atención a través del arte sobre los
problemas ecológicos u otros desastres humanos que nos ha
tocado vivir y que tiene sus derechos más que evidentes,
ya que se trata de una legítima aplicación del arte
para la resolución de un problema; pero aún eso será
a costa de renunciar a la capacidad transformante, alquímica,
del arte.
Dionisio
Romero: En los ejemplos que pone de artes tradicionales
la naturaleza no sólo es central, sino que además
transmite un saber profundo. En cambio, al arte actual parece que
o bien no le interesa la naturaleza o que su percepción de
la misma es más sociológica o sentimental. ¿Estamos
acabando con la naturaleza porque la hemos vaciado de sentido? ¿No
le parece que el arte actual refleja esta desconexión
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Vicente
Pascual: Cuando hablamos de arte actual creo que
deberíamos clarificar si nos referimos al arte oficial llamado
arte “contemporáneo”, o si hablamos de las prácticas
creativas que hoy coexisten. Recordemos que los Touareg, por ejemplo,
aunque culturalmente muy aplastados, siguen siendo creativos y produciendo
arte. Lo cierto es que el arte dominante y que llamamos contemporáneo
es urbano casi por definición, está patrocinado por
mecenas urbanos y estudiado por historiadores de mentalidad urbana.
Y, lo que es más significativo: no creo que lo urbano sea
hoy sinónimo de lo ciudadano. Las urbes en occidente han
dejado de ser ciudades en el sentido de que ya no reflejan un prototipo
intelectual, una Hurqalya, no son ya aquel mundo que resumía
el cosmos y que aún quería ser cualitativo, en el
que la torre o el minarete recordaban el eje de unión entre
el cielo y la tierra, en el que el mercado era arteria de vida y
relaciones humanas, en el que cada hombre tenía en principio
una función. En las ciudades de Oriente todavía el
más pobre puede refugiarse hoy en la mezquita o en el templo;
su casa será pobre, pero si hace calor, si está cansado
física o psicológicamente, entrará en ese hermoso
edificio análogo al santuario de la naturaleza. Ahora las
ciudades se están convirtiendo en acumulaciones amorfas sin
centro, en las que los edificios dominantes son de entidades financieras
y los hombres unidades de producción sustituibles. Si necesitas
descansar en una de nuestras urbes sólo podrás entrar
en una cafetería, pues la mayor parte de los templos están
cerrados o son lugares de turismo “cultural”. Ese es
el escenario donde se produce psicológicamente la mayor parte
del arte moderno. ¿Favorece ese marco la comprensión
de lo que es la naturaleza y de lo que nosotros somos?
En cualquier caso sí hay algunos artistas que están
muy interesados en el modo de operar de la naturaleza y se esfuerzan
en ser partícipes en ese impulso que devuelve la centralidad
espiritual al hombre. En artes plásticas, además de
algunos pintores y escultores, podríamos pensar en algunos
artistas del “Land Art”, aunque la mayoría de
ellos no resisten la tentación de dejar una huella individual
demasiado grandilocuente o confunden el simbolismo con la alegoría.
Pero usted tiene razón, el arte moderno está, en general,
desvinculado de la naturaleza, y no estoy hablando precisamente
de la presencia o ausencia de “paisajes” en las ferias
internacionales de arte contemporáneo.
Dionisio
Romero: Usted pinta paisajes o estados, o dicho de
otra manera: ¿qué hay en su pintura de naturaleza
o de sobrenaturaleza?
Vicente
Pascual: Volveré al hombre antiguo. El hombre
de mentalidad simbolista no percibía la naturaleza como resultado
de un sorprendente azar ni como el resultado de una acumulación
de fórmulas. Jamás aceptaría que el conocimiento
de la naturaleza pudiera reducirse a la mera acumulación
de datos sobre sus dimensiones físicas o sus composiciones
químicas; el microscopio y el macroscopio dicen muy poco
y no dirán mucho más. El simbolista veía los
datos, que por definición se sitúan en la multiplicidad,
como inagotables y consideraba que aquellos datos no podrían
nunca bastar para comprender aquello que no tendré vergüenza
en denominar “misterio”. El hombre tradicional entendía
la naturaleza como una “revelación” de la Unidad
en la multiplicidad, como un poliedro esférico en el que
sus innumerables facetas no eran sino signos o cristalizaciones
de las cualidades divinas, cualidades en las que el hombre, quisiéralo
o no, participaba en su interior y que debía realizar mediante
la meditación y la contemplación, pues lo uno no va
sin lo otro ya que se trata de dos polos complementarios y necesarios.
Y lo que ellos buscaron es lo que yo busco.
ARTE SAGRADO
Dionisio
Romero: Esa afirmación me remite al arte sagrado
¿Se puede hablar hoy día seriamente de un arte sagrado?
Vicente
Pascual: Qué es arte sagrado es un tema complejo
pues hay que distinguir distintos niveles y fijar a cuál
nos referimos en determinado contexto, y ello sin entrar en la transparencia
que la profundidad y habilidad del artista puede o no favorecer.
Si empleamos el término en su sentido más restrictivo,
es decir, entendido como aquel arte que proviene directamente de
la revelación y cuya función es sacramental y ritual,
la respuesta es obviamente sí; hay admirables calígrafos
musulmanes, pintores ortodoxos de iconos o monjes tibetanos, por
ejemplo, muy conscientes del carácter sacramental de su trabajo
y de cómo han de dejar fuera su ego sometiéndose previamente
a unos cánones formales muy precisos. En principio es difícil
imaginar que hoy pudiera nacer un nuevo arte sagrado de este tipo,
lo que además exigiría una afiliación concreta
de ese nuevo arte con una religión, pero “el espíritu
sopla donde quiere”.
Si entendemos arte sagrado como aquel que es conforme con lo intangible,
y que por tanto favorece la presencia de lo sagrado y su rememoración,
la respuesta ha de ser igualmente que nada lo impide en principio.
Pero las exigencias para ello son grandes y las confusiones a las
que este asunto ha dado lugar llegan a rozar lo patético,
ya que cualquier expresión de un estado psicológico,
incluso mórbido, se interpreta hoy como sagrado o espiritual,
vaciando con ello de sentido estos términos. Vemos artistas
que por la sencillez formal de sus pinturas o de sus instalaciones
creen ser artistas zen, ignorando el discernimiento y la ascesis
con que los verdaderos artistas zen preceden sus trabajos para que,
diluyendo los obstáculos, el vacío se manifieste en
ellos, un vacío que no es carencia. No se puede confundir
una sensibilidad elegante, lo que en su plano está muy bien,
con la serenidad espiritual.
Hay un mito que proviene de una muy bien llevada promoción
del mercado americano del arte. Quien haya tenido la oportunidad
de ver muchas pinturas de Mark Rothko, a quien con admirable simplicidad
se considera la cima de la espiritualidad en el arte del siglo XX,
sabrá que, aunque sorprendentemente irregular, era verdaderamente
muy buen pintor - personalmente lo tengo como hombre de gran talento
- y que ciertamente se percibe en su obra una insatisfacción
con el mundo que le llevó a una búsqueda de “algo
más”. Era muy capaz, tenía sentido del color
y de la composición, pero lamentablemente fue víctima
de los psicologismos característicos de su tiempo que le
condujeron a buscar en el lugar erróneo, creando una obra
de indudable valor en su plano, pero demasiado concentrada en su
propio ego, como una intensa condensación emocional, y posteriormente
al suicidio. Buena intención y sufrimiento no convierten
una pintura en espiritual y mucho menos en sagrada.
Hoy, cualquiera que utilice la “Medida Aúrea”
cree hacer “geometría sagrada”, y si introduce
elementos míticos se considerará esoterista. Ahora
bien, nada impide a un hombre inteligente dedicar su vida, incluyendo
su trabajo, al estudio de esa realidad que es transcendente e inmanente,
algo para lo que la contemplación de y en la naturaleza le
será de gran ayuda. En ese caso, y si es consecuente, su
arte o al menos su actitud creativa será espiritual; ejemplo
claro de ello sería el de dos compositores contemporáneos:
Sir
John Tavener y entre los españoles, M.
A. Roig-Francolí.
LA LIBERTAD DEL ARTISTA
Dionisio
Romero: He leído un texto suyo que habla del
concepto de libertad del artista, una idea recurrente hoy, pero
usted la equiparaba o sujetaba al rigor. ¿Puede explicarnos
esta relación y cómo afecta al arte?
Vicente
Pascual: Querría aclarar que cuando hablo
de arte considero que cualquier actividad humana legítima
es susceptible de ser considerada y vivida como arte. De hecho,
uno de los grandes dramas de los tiempos modernos es que el hombre
ha dejado de ser artista, llegando, incluso, a reírse torpemente
del término vocación, que no entiende, para reducir
su actividad al provecho económico y al divertimento. Por
el contrario, desde el punto de vista que aquí y hoy vemos
como platónico y que en cualquier otro lugar y tiempo se
vio como normal, el hombre había de seguir en todas sus acciones
un modelo al que podemos llamar arquetipo. Había de intuir
el modelo de sus actos y, conociendo su arte, adecuar el modelo
al marco que en este mundo le correspondiera; pero los modos de
adecuación correcta pueden ser innumerables, aquí
es donde entra en juego la libertad. La naturaleza no era pasiva
en este proceso.
Pensemos en un labrador que dispusiera de tales tierras en tal clima
y con tales características de riego. Por su oficio conocería
los diversos cultivos posibles y dispondría de cierta capacidad
de elección. Una vez decidido, comenzaría a preparar
la tierra de tal o cual modo, a sembrar con tal o cual distancia,
en tal o cual momento, y todo esto lo haría siguiendo un
modelo que él, como artista precisamente, conocería
interiormente y que habría de adecuar a la posibilidad concreta.
El equilibrio entre la claridad de la visión del modelo,
el conocimiento técnico para el trabajo concreto y el esfuerzo
favorecerían el resultado. Y el labrador no sólo se
beneficiaría exteriormente de su buen hacer, también
lo haría interiormente. ¿Imagina usted qué
arte podría haber en el trabajo de un labrador que quisiera
ser novedoso u original, o incluso que quisiera expresarse a sí
mismo? Quiero decir con esto que todo acto creativo ha de estar
en consonancia con su modelo y adecuarse a la circunstancia, y esto
exige el equilibrio entre un rigor intelectual confiado y una musicalidad
serena. La libertad ininteligente deja muy pronto de ser libre,
pues el deseo abandonado a su antojo se convierte rápidamente
en tirano. ¿Hay mayor prueba de ello que esas geografías
en las que se ha construido sin orden ni límite? Y el rigor
sin música muy pronto pierde el alma, como muestran esas
extensiones de macrocultivos. El resultado es rigurosamente análogo
en eso que entendemos como arte.
Dionisio
Romero: El ejemplo que pone de los campos de cultivo
es muy elocuente. Parece que nuestro mundo reflejaría un
estado de “libertad ininteligente” o, al contrario,
un rigor sin belleza, y enmedio las pequeñas posibilidades.
¿Un arte y un vivir como vía media?
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Vicente
Pascual: En cierta ocasión en la que el profeta
del Islam retornaba de una batalla contra sus opresores les dijo
a sus compañeros: “...regresamos de la pequeña
guerra santa a la gran guerra santa”, refiriéndose
a la guerra interior contra las propias tendencias negativas. El
mensaje no puede ser más claro y aún lo es más
si reparamos en que traducir, como acabo de hacer, jihâd como
“guerra santa” es limitar mucho el término, ya
que su sentido es más bien el de esfuerzo en el restablecimiento
del orden, lo que tiene aplicaciones innumerables. Volviendo a la
sentencia islámica veremos que ésta nos anima a tomar
conciencia de que cualquier situación en la que el destino
nos coloque puede ser interiorizada como un vehículo para
trabajar sobre nosotros mismos. Se trata de una serena conciencia
de que nuestro cultivo de un campo sólo será verdaderamente
correcto si refleja el cultivo de nuestro interior, que nuestra
cocina sólo nos será útil si combinamos nuestras
cualidades interiores de un modo equilibrado, que nuestra música
sólo será armónica si nuestro ego no hace ruido.
Si lo que digo tiene algún sentido para un nivel individual,
también lo tendrá a nivel de humanidad, siendo la
naturaleza la primera en sufrir y avisarnos de nuestra perdida de
la cordura espiritual. En cualquier caso y como Seyyed
Hossein Nasr ya dijo hace casi cuatro décadas: “para
estar en paz con la Tierra uno ha de estarlo con el Cielo”.
Dionisio Romero:
Háblenos de su proyecto actual. Parece que está inmerso
en un trabajo de pequeño formato pero que contiene una gran
metáfora…
Vicente Pascual:
Durante el último año he estado trabajando
en un proyecto que parafrasea “Las Cien Vistas del Monte Fuji”
de Hokusai.
Se trata de un pequeño libro que reúne cien reproducciones
de cien pinturas de pequeño formato (12 x 12 cm) que he realizado
con tinta sumi y un óxido de quinacridona, y que acompaño
de otros tantos poemas breves o títulos largos. Su publicación
está prevista para comienzos de otoño bajo el título
de “Las
100 vistas del Monte Interior”.
La serie de Hokusai tiene un interés tremendo en muchos niveles.
Publicada muy poco antes de que la marina norteamericana obligara
en 1853 a Japón a abrirse comercialmente a Occidente, reúne
una sucesión de escenas en las que se fija un modo de vida
homogéneo, una modalidad intelectual que pronto iba a desaparecer.
Pero lo que confiere profundidad a esta serie es que cada una de
las escenas aparece coronada por una representación del monte
Fuji como una paradigmática manifestación exterior
del eje interior, una nítida expresión material de
un modelo situado en el mundo de los arquetipos. Las actividades
humanas que en ella se suceden cobran sentido precisamente por su
vinculación con ese centro en el que la tierra toca el cielo,
en el que lo accidental se extingue en lo necesario.
Mis 100 vistas son igualmente referencias al eje permanente mediante
la simetría constante de las formas geométricas más
simples. Se trata de un conjunto de meditaciones sobre el sentido
de la vida y de la muerte, entendiendo ambas como dos aspectos de
una misma realidad. De hecho, creo que una de las causas de la trivialidad
de la vida moderna es su negación de la muerte, y no estoy
hablando sólo de la muerte física. Hablo antes de
nada de ese morir diario frente a la inercia, la arbitrariedad,
ese morir gozoso y activo en el molde de nuestra propia posibilidad.
No me refiero a una autolimitación precisamente sino a ese
cumplimiento del Dharma “... en el camino hacia más
altas verdades”, como bellamente decían los vedantinos.
Este largo trabajo en pequeño formato me ha hecho revivir
la conciencia del valor de las pequeñas cosas, la conciencia
de que la grandeza no reside en el tamaño. Lo enorme puede
ser fragmentario y lo minúsculo un reflejo perfecto de la
totalidad. El color se puede expresar en blanco y negro y un rasgo,
una palabra, puede contener el universo. En este sentido, me viene
a la mente aquella impresionante afirmación de Frithjof
Schuon: “El reflejo de lo supraformal no es lo informal
sino, al contrario, la forma perfecta”.
Dionisio
Romero, Madrid, 2006
| Dionisio Romero.
Santander, 1961. Actualmente es directivo y fundador de la Fundación
Félix Rodriguez de la Fuente. Su actividad profesional
está vinculada con la comunicación, especialmente
con la realización de documentales. Tiene publicados
dos libros de poesía: Tareas de la Distancia,
Ed.Huerga y Fierro, y Kaligandaki, Ed. 7 i mig, Valencia,
1998. En 1991 se le concedió el premio nacional de poesía
José Hierro. Es responsable de Agenda
Viva, publicación sobre ciencia y mediambiente.
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© para el texto: Vicente
Pascual y Fundación Felix Rodríguez de la Fuente
2006. © para las imágenes:
Vicente Pascual Vegap
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