Ensayo
de María
Escribano para el catálogo de la exposición de
Vicente Pascual "Speculum Animae"
en el Museo de Huesca,
2003
"Tu
contemplación, es una realidad no una metáfora.
Se impone necesariamente, no es simplemente permisible".
(1)
Recuperar una lectura
simbólica de la realidad requiere una cierto ejercicio
de arqueología mental. Hace tiempo que la interpretación
analógica agota el lenguaje, hace tiempo que imágenes
y palabras se sostienen sobre el vacío de la saturación.
Es verdad que determinados estados de melancolía, pueden
ponernos en una situación favorable a una súbita
comunión con el entorno. Entonces, desde ese lugar, a veces
la contemplación es suficiente para que objetos y palabras,
se desnuden, se descosifiquen y recuperen de nuevo su papel sustantivo.
La visión poética suministra de vez en cuando esa
gracia, pero su perdurabilidad depende de un esfuerzo sostenido,
de un verdadero aprendizaje espiritual que incluye una operación
de despojamiento, de limpieza de todas las recetas visuales y
mentales que intoxican nuestra percepción. Todo esto es
conocido desde antiguo, lo que hace pensar que la inanidad que
parece presidir nuestros días, sea igualmente muy vieja.
Desde que contemplé estas pinturas que Vicente Pascual
me mostró una noche, en un breve encuentro en Madrid, recuerdo
haber tenido la sensación de que lo que el pintor ponía
ante mis ojos eran descripciones de un lugar oculto, pero conocido,
al que habría logrado llegar por un camino que no parecía
el que se frecuentaba usualmente para una aventura semejante.
De entrada, las imágenes permitían una primera lectura
que podía situarlas en una línea próxima
al acercamiento a las formas primigenias, a la que tras la ruptura
con la metáfora y a la búsqueda de sensaciones puras
y universales, había llegado toda una indagación
de la pintura de este siglo. Sin embargo, una contemplación
mas pausada sugería enseguida que lo que allí se
mostraba surgía a través de un periplo distinto
y que, a partir de él, los hallazgos habían sido
también diferentes. La primera diferencia que cabía
observar era la clara voluntad de orden y concierto que emanaban
de aquellas pinturas como si hubieran brotado, como si hubieran
sido la revelación final de un largo período de
meditación y ascesis, antes que de alguna impulsiva intuición.
El tiempo aparecía como una presencia fundamental en su
gestación y trascendía no solo en el aspecto puramente
formal que las conformaba, en el devocional cuidado con el que
parecían haber fluido a través de la mano las capas
de pigmentos, sino en la singular densidad que habían ido
acabado por acumular aquellas formas.
Alguna de ellas, se designaban simplemente con el nombre de "Círculos",
otras con el de "Imago Mundi". No creería en
el poder simbólico de las imágenes, sino creyera
en el poder simbólico de las palabras, así que los
vocablos vuelven una y otra vez mientras contemplo estas formas
engañosamente simples. No las olvido porque su contemplación
me sigue provocando una sensación de desvelamiento, de
reconocimiento de un territorio soterrado pero prodigiosamente
cercano. Sin embargo, he podido convivir durante un tiempo con
una de ellas cuyo nombre desconozco. Como las demás la
pequeña pintura se construye sobre formas primordiales,
formas que pueden encontrarse recurrentemente en el repertorio
representacional de casi todas las culturas del mundo, el círculo
y el cuadrado, y sobre un uso del color aparentemente sobrio,
destinado a concentrar la atención sobre el contraste o
la armonía entre la luz y las sombras. Pese a ello, pese
a este despojamiento, pese a esta reducción extrema de
los elementos pictóricos, hasta nuestros ojos, hasta nuestra
mente, llega de un modo sorprendentemente eficaz la intensidad
acumulada en esos fondos en los que el contemplador, descubre
poco a poco una misteriosa grafía, como sutil descripción
de un territorio oculto, cuyos vericuetos se hubieran ido descifrando
pausadamente y al que se habría llegado, tal vez tras desvelar
los setenta velos de los que habla la sabiduría antigua.
La mirada se concentra entonces en las formas circulares, se ve
casi abducida por ellas, como si se tratara de potentes agujeros
de energía condensada, de luz o de oscuridad. Todo se vacía
ahora para llenarse de nuevo. Recuerdo la historia. "El diámetro
sería de dos o tres centímetros pero el espacio
cósmico estaba ahí sin disminución de tamaño".
¿Por qué camino había llegado Vicente Pascual
a vislumbrar y mostrar aquel lugar capaz de activar algún
misterioso resorte en nuestro interior que provocaba un reconocimiento
inmediato?, y lo que era mas sorprendente, ¿cómo
conseguía no sólo que lo reconociéramos,
sino que lo habitáramos? La proximidad con la pintura confirmaba
cada vez más que mas allá de referenciar el lugar,
más allá de la analogía, ella misma se comportaba
como arquetipo, como mandala, como un espejo receptor de la vocación
de conocimiento de nuestro corazón, como pasadizo hacia
la contemplación de un lugar secreto e inefable. Quien
haya tenido cerca mapas antiguos, habrá podido experimentar
tal vez, como a través de la pura aprehensión visual
descriptiva de los territorios, puede filtrarse otra metonímica,
mágica, que llega a provocar el prodigio de forzar al mapa
a convertirse en el lugar, como si el mapa fuese el territorio,
como si el mapa fuese el tesoro. En los tiempos en los que todo
el saber confluía, podemos imaginar a antiguos astrónomos,
en Babilonia, en Alejandría o en Tenochtitlán, trazando
lentamente las líneas resultantes de la acumulación
de muchas vidas de observaciones astrales, de cuidadosas anotaciones
de largos viajes a la búsqueda de una apertura hacia lo
desconocido, pasando luego de manos a manos celosamente elegidas,
o robados por intrusos seguros de poseer con ellos la puerta de
otro mundo. Podemos imaginar la energía que siglo a siglo
habría ido acumulándose en aquellos trazos referenciales
de lugares imaginados e inaccesibles, su casi religiosa vocación
de verdad, de totalidad. Alguno de ellos, tal vez soñó
con que las divinas leyes de la geometría y una adecuada
depuración del alma, podría llevarles a la captación
de todas las correlaciones existentes en el tiempo y en el espacio,
a la visión de todos los tiempos y todas las cosas que
existieron y existirán.
Los mapas, como señala Svetlana Alpers, habían estado
en el origen de la pintura de paisaje nórdica, en la que
a diferencia de la vocación dual, de la italiana, nunca
se rompió del todo el vínculo simbólico con
la realidad. Ello le permitió servir de vehículo
a una nueva espiritualidad, incluso desarrollando al máximo
la dimensión mas descriptiva de la cartografía,
En el caso de Vicente Pascual, el paisaje, íntimamente
ligado a su interés por reelaborar desde una experiencia
absolutamente propia las relaciones con la naturaleza, había
centrado su pintura de los últimos años, pero esa
indagación le había llevado al encuentro de un lenguaje
cada vez más desnudo, mas esencial, hasta la supresión
casi total del accidente, hasta la reducción de las formas
naturales a su estabilidad geométrica. En cierto modo había
sido un camino a la inversa el que había acabado conduciéndole
desde una percepción contemplativa y metonímica
de la naturaleza hasta aquellas visiones quietistas y epifánicas,
hasta aquella cosmología del espíritu. Era ahí,
a partir de ese camino desandado, cuando su pintura, acababa estableciendo
significativas confluencias con aspiraciones de comprensión
del absoluto, por medio de la disposición del alma para
reflejarlo, solo transmisibles a través del símbolo
y detectables en antiguas formas de conocimiento, tal como recoge
y expresa valiéndose sobre todo de la palabra, la literatura
mística. Pero para encontrar su reflejo en la plástica,
debemos buscar sin embargo en otras culturas, que ensayaron vías
no analógicas sino simbólicas de representación.
La pintura española no pudo utilizar el paisaje que canalizó
la nueva religiosidad en los países nórdicos y tampoco
pudo transmitir fuera del territorio de la imaginería,
toda la espiritualidad clandestina que preservó la mística,
sino que, domesticada por la religiosidad oficial, hubo de arreglárselas
para representar su reflejo en los cuerpos y los rostros alucinados
de los santos, para acercar al espectador ansioso por la contemplación
de lo invisible al menos a la vista de una visión. Más
allá de este recurso utilizado ampliamente por la mayoría
de los artistas españoles de la época, la "Santa
faz" del Museo de Valladolid de Zurbarán, donde el
rostro de Cristo apenas sugerido por ligeros tonos de ocre, aparece
como un círculo dentro de un cuadrado de luminosa blancura
que forma el paño, el cual se contrapone a su vez, sobre
un fondo pardo, constituye una imagen de gran sobriedad e intensidad
espiritual y quizás un inconsciente esbozo de otra aproximación.
Como señala Victor Stoichita, "Pese a la ruptura ontológica
entre el acá de la experiencia y el allá de la visión
la comunicación entre el imaginario místico y el
artístico es constante". (2)
Es cierto que en un momento, como el actual, la relación
con las más diversas corrientes culturales tanto en el
tiempo como el espacio es ya lo suficientemente fluida como para
relativizar la influencia de cualquier tradición puntual.
Los paisajes de Vicente Pascual, se encontraban incluso más
próximos a una concepción oriental que occidental
de la naturaleza y sus pinturas actuales, como resultado de la
personal depuración de su obra, desbordan cualquier valoración
puramente historiográfica. La sintonía que la última
obra de Vicente Pascual sugiere con determinados estados espirituales
vislumbrados por la corriente mística española,
en la que como se sabe, sobrevivieron subrepticiamente corrientes
de pensamiento islámicas y hebraicas, y platónicas
a través de estos, bien podría ser, me dije, el
resultado de una coincidencia en búsquedas y objetivos,
por otra parte comunes a otras culturas, o a todo aquel en fin
que emprenda un viaje interior en solitario desviándose
de los itinerarios mas frecuentados. En los márgenes del
Mediterráneo se documenta toda una corriente de pensamiento
que creyó en la ciencia de los secretos del corazón,
sólo alcanzable a través de un arduo camino hasta
convertirlo en un espejo reflectante de lo absoluto, de la suprema
sabiduría de la divinidad (3). Pero
es cierto también que esa búsqueda, sinceramente
emprendida, llevaría a cualquiera a un lugar semejante
o quizás al mismo lugar. Un lugar al que, por caminos diferentes,
habían llegado algunos artistas del siglo XX, un escritor
de Buenos Aires, unos monjes españoles y antes aun un sufí
murciano. Mejor que nadie entendería él estas imágenes
especulares, surgidas del personal viaje interior de un pintor
junto a los paisajes de Indiana, que tan fielmente parecen reflejar
el espíritu de sus palabras pronunciadas hace ya varios
siglos: "Todas las cosas se me mostraron y no vi cosa alguna.
Vi las cosas sin tener ninguna visión". (4)
María
Escribano, Madrid, 2003
1.
Ibn Arabí. "Las iluminaciones de la Meca". Ediciones
Siruela Pág. 51.
2. Victor I. Stoichita. "El ojo místico". Alianza
Forma. Madrid. 1996. Pág. 48
3. Asín Palacios y Luce López Baralt han estudiado
la influencia de la corriente sufi sobre la mística española.
Luce López-Baralt. "Moradas de los corazones"
Trotta. Madrid. 1999.
4. Ibn Al Arabí. "Las contemplaciones de los misterios"
Editora regional de Murcia. 1994.
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© maria escribano & vicente pascual 2001
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