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Ensayo
escrito para el catálogo de la exposición de Vicente
Pascual A Giotto, a Morandi
en la Galería Sen de Madrid y en el Casal Balaguer de Palma
de Mallorca, 1991.
Quiere el tópico
-acuñado por Giovanni Bocaccio y santificado por el Vasari-
que fuera Giotto quien sacó la pintura de una era de tinieblas
para fundar su edad moderna, y que tal cosa hiciera merced a un
arte capaz de recrear lo que la naturaleza crea, con tal semejanza
que parecía cosa natural y no pintada.
La
anécdota que, en Le Vite, hace a Giotto
pintar, a la engañosa manera de las uvas de Zeuxis, aquella
mosca en la nariz de una figura de Cimaue, que el maestro intentó
espantar, confundido en las redes de la ilusión, no es otra
cosa, sin duda, que anhelo de confundir mito con mito, metáfora
de cómo la pintura se hace moderna, precisamente al hacerse
en el espejo veraz de los antiguos. Y aunque el ojo nos diga cuanto
de ilusión tiene, a su vez, el tópico, lo cierto es
que la pintura se alimenta, en el tiempo, de su memoria, y en ello
vale tanto aquello que se ve como el peso de su dorada leyenda.
Seis
siglos después de que el Giotto cosechara de los florentinos
honores sin precedente, Giorgio
Morandi hizo su pintura, no lejos de Florencia, retirado del
mundo en el ascético taller de su casa de Bolonia. En la
juventud temprana, Morandi se apasionó por los modernos de
su tiempo. Mas fue a causa de uno de ellos, por la lección
de Cézanne -ese otro fundador que aventuró, en la
mirada de las cosas, el sueño heróico de una síntesis
de lo temporal y lo inmutable- que Morandi se apartó de las
batallas de la época y volvió la atención hacia
los maestros del pasado. Se encerró en su estudio, con una
reducida colección de botellas, botes, jarras y cuencos,
y los pintó sin fatiga, en composiciones aparentemente apenas
variables. Al inicio, para casi todos, Morandi pintaba hacia atrás,
como los cangrejos, pero al fin fue elocuente que la suya era también,
de otro modo, una mirada esencial de su época, esto es moderna,
una vez más, al hacerse, no en la imitación sino en
la conciencia lúcida de los clásicos. Así,
aún en el seno de esa exacerbada manera que el espíritu
de la vanguardia confiere a la batalla de los antiguos y los modernos,
volvía a ponerse el dedo en la llaga mostrando, en forma
impecable, como la condena de la temporalidad es, a un tiempo, ilusoria
e ineludible.
Y
de nuevo, Morandi hizo su pintura -lo hemos contado- desde una atenta
y paciente observación de las cosas reales. En una entrevista
realizada, en 1958, por Eduardo Roditi -en la que, por cierto, al
citar el reducido grupo de pintores que le interesaron tras su alejamiento
de la modernidad, menciona a Giotto en primer lugar- Morandi declara:
Creo que nada puede ser más abstracto, más irreal,
que aquello que ahora vemos. Sabemos que todo aquello que podemos
ver del mundo objetivo, como seres humanos, nunca existe realmente
tal como lo vemos y entendemos. La materia existe, por supuesto,
pero no tiene un significado intrínseco a sí misma,
al modo de los significados que le atribuimos. Sólo podemos
saber que una taza es una taza, o que un árbol es un árbol...
Así las cosas, al menos en el mito, a la hora de nacer y
en la hora del olvido de sí misma, la pintura moderna parece
volver los ojos, interrogadora, hacia la lección de la naturaleza.
Esta
muestra, que se abre con una confesión sincera de devoción
por Giotto y Morandi, reune algunos de los trabajos más recientes
de Vicente Pascual. La doble dedicatoria no es en modo alguno ociosa,
pero puede encerrar, tal vez, una cierta paradoja, al menos para
quienes, conciendo la trayectoria del pintor, pudieran esperar otras
advocaciones, quizás más cercanas a ciertas fuentes
del paisajismo espiritual romántico o extremo oriental con
las que, no sin razón, se ha vinculado a menudo la lectura
de su obra. De hecho, la mención a ambos artistas, -tanto
en función de su obra específica como de ese papel
que les evocábamos, inicialmente, como origen mítico
y puesta en suspenso de una determinada vocación moderna
de la pintura cobra, para mi gusto, un valor estratégico
con relación a la evolución reciente de Vicente Pascual.
Y ello compromete tal vez de modo más evidente, en este momento
preciso, a la actitud que marca la posición del autor, antes
incluso que a su resolución concreta en unas obras cuyo actual
planteamiento proviene, en definitiva de un pausado, natural y ya
largo proceso evolutivo.
En
la misma medida en la que ese proceso ha sido -y no de modo reciente-
un contínuo empeño de depuración de todo elemento
retórico y voluntad de distanciamiento del efecto, en la
busqueda de una tensión interior de carácter más
esencial, también su autor parece sentir la necesidad de
clarificar su propio territorio presente, lejos de las coordenadas
tópicas que constituyen su imagen pero que, pese a marcar
realmente etapas ciertas en la ruta del conocimiento, llenan hoy
de equívocos ecos, de rumores épicos, su actual concentración.
Del mismo modo como la visión que Vicente Pascual mantiene
hoy frente al paisaje se ha despojado de resonancias pintorescas
-en el sentido romántico del término- y exóticas,
también él mismo siente la necesidad de afirmar su
posición lejos de aquellas coordenadas -excéntricas
con relación a las de sus propias raices- y que constituyeron
la forma singular de afirmación de su modernidad específica.
Invocando
un paradigma fundacional de sus raices naturales y, sobre el mismo
discurso, otro paradigma semejante que, cuestionando el dictado
de su tiempo, afirma su pertinencia temporal, Vicente Pascual dibuja,
sobre esos espejos ilustres, su propia intención de lugar,
del lugar de su pintura.
Fernando Huici, Madrid, 1991
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fernando huici & vicente pascual 2001
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