Vicente Pascual: "Cada obra es, a la vez, punto de partida y conclusión"

LUIS J. GARCÍA BANDRÉS
HERALDO DE ARAGÓN / Cultura, 13-6-2004

En 2002 la Fundación Santa María de Albarracín estrenó iniciativa. La denomina Estancias Creativas: durante tres meses un pintor prepara una exposición en y con Albarracín como tema. El segundo de la lista ha sido Vicente Pascual. Mañana termina su experiencia.

Vicente se ha encerrado tres meses en Albarracín. El verbo es el correcto. Encerrado en sí mismo. Encerrado con Albarracín. Esta exposición tiene un significado especial en la biografía de uno de los pintores aragoneses destacados que desde hace tiempo se ganó esa categoría a base de calidad, trabajo y creatividad. Vuelve a Aragón después de un periplo largo, en gran parte con escenario en los Estados Unidos. Vuelve. No sé si Albarracín le habrá hecho tomar tierra definitivamente. Es difícil saberlo con Vicente. Aunque el cromatismo de su obra siga siendo el mismo que el empleado allende los mares -él no es de los que cambian así porque sí-, puede que esta estancia haya deshecho bastante sus maletas. De Albarracín -mañana- volverá a Tarazona, donde vive. ¿Después?

Agachado en el suelo, mira, piensa, se comunica consigo mismo -ensimismado- y vuelve a extender otra capa de veladura, decididamente, con firmeza. Quienes le han ayudado a preparar la torre de doña Blanca, me cuentan de su meticulosidad, su seguridad y el respeto con el que ha entendido el interior. Lo ha resumido en ocho telas, dos de ellas de 220 cm x 145 cm -las menores, de 90 cm x 90 cm-, y en tres pinturas sobre papel de 90 cm x 115 cm Desde el 7 de agosto hasta diciembre, en el Torreón de doña Blanca se explicará un Albarracín según Vicente Pascual.

Me es imposible no recordarlo, con su hermano Ángel y un grupo de activos ejercientes de un arte de compromiso. Fueron nuestro Mayo francés y nuestro Woodstock. Y el primer y mejor pop. Han pasado treinta años y mucha vida. La estación con sus andenes se quedaron donde estaban y debían. El tren siguió la ruta..

P: En los primeros tiempos, sus obras estaban llenas de gentes. La figura protagonizaba todo. Luego fue el paisaje, aunque no creo que haya sido nunca un paisajista, más bien un pensador sobre la alquimia de las formas y de la luz. Luego fue el entorno. ¿Dónde está ahora?

R: Aquellas obras llenas de personajes a las que te refieres corresponden a los trabajos realizados cuando éramos muy jóvenes. La agenda política y social a la que respondían era la que sentíamos y, como nosotros, mucha gente más. El desencanto era evidente: mirar hacia afuera y a lo lejos no era precisamente algo estimulante. El planteamiento intelectual cambió. Ese paso adelante era tan lógico como existencial. Los caminos posibles podían haber sido varios, al menos en cuestiones formales, pero opté por una búsqueda interior cuyo método se plasmaba en formas de paisajes. Antes era una mirada hacia fuera. En ese segundo momento, como te digo, fue una mirada hacia adentro. Con el paso del tiempo, la forma externa ha cambiado radicalmente, pero sólo ésta, sólo la apariencia.

P: ¿Sigue con los mismos criterios, la misma interiorización de lo que le rodea?

R: Sí, éstos se mantienen inalterados. En cualquier caso, me gustaría comentar que el proceso no ha sido de reduccionismo formal sino de esencialización. Quiero decir que no responde a una simplificación cuantitativa sino cualitativa.

P: ¿Había estado antes en Albarracín?

R: Mi primera visita a Albarracín fue a raíz de la invitación a participar en este proyecto. Eso ocurrió a finales de 2003. No tenía ninguna una idea específica ni preconcebida de qué iba a resultar de todo esto.

P: ¿Qué es lo primero que le "dijo" esta tierra?

R: Albarracín me impactó mucho más de lo que pensaba. El entorno es maravilloso y su arquitectura, bellísima. Hay otros entornos maravillosos y otras arquitecturas bellísimas, pero la integración de ambos es aquí particularmente inteligente. Éste fue el primer punto que despertó mi interés. Como sabes, mi trabajo siempre ha buscado el equilibrio entre una libertad, digamos musical, y un rigor, digamos lógico: sin aquél, el resultado es disolvente; sin éste, el resultado es coagulante. Aquí es donde encontré una sintonía entre cómo es esta ciudad -su proyecto evolutivo en el tiempo- y mi propia obra.
El urbanismo de Albarracín tiene un carácter claramente femenino. Es como un cobijo dulce en el que protegerse de un tiempo inclemente. Es misterioso, ligero e imaginativo; incluso su color salmón transmite una cierta dulzura. Bueno, entonces surge el encuentro con la torre de doña Blanca, un torreón medieval exento, con una geometría cristalina. Ya no me cupo la menor duda. Comencé a estudiar esta construcción que, con su solidez y simplicidad, se me mostró como el eje inalterable, el punto de vigilancia protector en el que la ciudad encuentra su equilibrio. Este aspecto axial me resultó aún más sorprendente cuando reparé en el meandro, en la circunvalación del río en torno a él.

P: ¿Cómo es en Albarracín la relación entre la tierra y el agua?

R: Muy interesante. Este carácter de eje inamovible se hace aún más evidente si contrastamos su presencia erguida con la fluidez del río que llega a Albarracín encañonado, entre rocas. Se encuentra con la torre y la circunvala siguiendo la dirección contraria al sol, la dirección que en todas las culturas simboliza el retorno al origen. Tras este acto de homenaje, fertiliza la vega. Es curioso, pero hay una analogía que rememora la peregrinación a La Meca y la circunvalación en torno a la Kaaba en el mundo islámico.

P. ¿Qué es lo que más ha pesado?

R: Me hizo pensar, me asombró la actitud de los artistas anónimos que la crearon extinguiéndose en la naturaleza de las cosas que hicieron. Aquí han sido ellos mis maestros.

P: ¿Dónde ha vivido?

R: Me he hospedado con mi mujer, Ana, en una residencia de la Fundación. Desde allí, la vista que se contempla es de cielo y rocas, un lugar magnífico. El artista a quien se invite el próximo año será aún más privilegiado ya que la Fundación ha adquirido la Casa de la Julianeta y la está adecuando como residencia para este proyecto. Donde pasé la mayor parte de los días fue en el taller. Allí, dentro del Palacio Episcopal, acondicionaron esta amplia sala como estudio para mi trabajo; un estudio difícilmente mejorable ya que tengo acceso privado a un jardín colgado sobre las rocas, al fondo de las cuales corre el río que me acompaña con la presencia de su sonido continuado. Al frente, una foz de roca gris y roja….

P: ¿Piensa ponerle algún título a esta exposición?

R: Sí: "Turris Ebúrnea, memorias de la Torre Blanca". La idea de Turris Ebúrnea, Torre de Marfil, subraya los dos conceptos a los que me he referido: un lugar desde el que se vigila lo indeseable que pudiera venir por cualquiera de las cuatro direcciones del espacio, pero que al mismo tiempo también es el refugio, la protección. Dentro y fuera. Combina, por un lado, la idea de la montaña con la idea de la caverna y por otro, la referencia al marfil, un material duro pero cálido y puro.

P: ¿Se va con la idea de que quedan más cosas qué decir?

R: El espíritu de sacrificio se adquiere en este oficio con el paso del tiempo. Se aprende que no se puede decir todo. Siempre hay que optar. Ahora bien, en el centro está implícito el círculo. Por supuesto, Albarracín sugiere otros muchos poemas, muchas cosas. Pero ya vendrán otros. Albarracín es poliédrico, tiene muchas caras, muchas cosas que decir, muchas maneras de verlo.

P: ¿Es una conclusión o un punto de partida?

R: Cada obra es, a la vez, punto de partida y conclusión. Mis obras no están concebidas como parte de un proceso premeditado, aunque a posteriori podamos verlas como tales. Cada una de ellas está hecha con total concentración. No las abandono hasta no estar satisfecho, aunque son ellas las que dicen cuándo están acabadas. Cuando pinto, jamás pienso qué vendrá después.


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