CRÍTICA
La hermandad pictórica aragonesa

FERNANDO HUICI

EL PAIS / Cultura - 13-10-1977

Blake comprendería, tras las múltiples tribulaciones que le obligaron a recorrer el mundo, que lo que tanto había buscado permanecía desde simpre en el jardín. posterior de su mansión. No era el caso de un lugar privilegiado, como él había creído ingenuamente, sino de un cierto modo de mirar aquello que se le ofrecía: la naturaleza. A tal fin el ojo del espíritu debe situarse en un lugar imaginario, en un estado de ánimo preciso, abrirse y ordenar. Tal es, nos dicen, el mecanismo visionario. Como en El falso espejo, de Magritte, el paisaje, ese retazo del mundo que soñamos convertir en pintura, es el reflejo artificioso de la naturaleza en un ojo. Lo que ante nosotros teníamos se ordena en tomo al punto central de fuga, la pupila, enmarcado por, el límite almendrado de los párpados. Y en dicho punto el ojo se mira a sí mismo; entonces, lo que creíamos imagen del mundo se torna introspección. El mandala, espacio referido a un centro, es el doble ocular; un paisaje hipnótico, que a su imagen se conforma, invita al que observa a reflejarse. Esa ventana ingeniosa, a la que nos asomamos para mirar nuestro entorno, ese corte imaginario a la pirámide que de nuestra pupila escapa, es el plano perforado en infinitos puntos de luz, por los rayos que esclavizan aquello a lo que nos abrimos y lo arrastran hasta situar en nuestro interior los objetos a modo de teatro de la memoria. Merced a tan astuta trampas la perspectiva nos obliga a mirar nuestra propia imagen por doquier: el espectador en las cosas y las cosas en él. La proyección externa del paisaje interior que pasa por el foco de la pupila convierte, expulsándolo hacia un espacio tridimensional. él teatro privado de la memoria en un teatro óptico. Allí también el ojo debe situarse en un lugar preciso, real ahora en vez de imaginario, para reconstruir el prodigio que la mente ha imaginado. El paisaje, que tenía su lugar natural en el plano de la tela, se concentra hasta confundirse con el ojo que observa, con el ojo que pinta. El resto esta rea del espíritu. Estos y otros juegos ocupan los ocios de La Hermandad Pictórica Aragonesa. Hermanos, pintqres y aragoneses, como su propio nombre indica, Angel y Vicente Pascual Rodrigo han presentado" por vez: primera en esta plaza, unos trabajos que venían precedidos de merecida fama. Un montaje escenográfico y una amplia colección de lienzos y dibujos, que escogen en el paisaje su temática dominante, componen esta exposición. A la manera de los grandes paisajistas románticos alemanes, pero a un nivel más injenuista e incluso en algún caso aislado amigo de la ironía, la reproducción de la naturaleza se convierte en excusa de plasmación mística del cosmos. Esta concepción de marcado corte oriental como muchas de las referencias narrativas que aquí se barajan renuncia empero a complacerse en lo excesivamente trascendental entregarse a la amabilidad del juego, conviniendo en qué después de todo, no era necesario armar tanto ruido. El mandala se ha metamorfoséado en tablero para el parchís. O viceversa, que tanto da. No hay aquí referencias, como, en Friedrich, a la tragedia del paisaje. Unos habrán de echarlo en falta; otros, no pero todos habrán de convenir en que la invitación, que la Hermandad nos ofrece no carece de encantos.

VICENTE PASCUAL BIBLIOGRAFIA
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