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JULIÁN
GÁLLEGO "La Hermandad Pictórica
y las Nuevas Tendencias de la Pintura Figurativa."
Trascripción de una conferencia en la galería S'Art
de Huesca en noviembre de 1982.
primera
parte | segunda
parte
El autor alemán Peter Seger, en un
libro publicado el año pasado, por Alianza Editorial, que
se titula: Nuevas formas de realismo”, escribe lo siguiente:
“El arte plástico moderno que busca una nueva realidad,
tras haber perdido otra anterior, se ha alejado cada vez más
de la naturaleza, de lo real y reproducible. Este desarrollo se
efectuó tan consecuentemente que Werner Hoffman pudo escribir:
“El imperio del realismo occidental parece haberse extinguido.
Tras emanciparse el arte de sus deberes religiosos-sacrales, su
segunda emancipación, la de los vínculos del mundo
fenoménico, fue indudablemente la de mayor trascendencia.
Esta expansión del arte, acentuó, sin embargo, progresivamente
el camino hacia su propio mundo, la libertad de un espléndido
aislamiento”.
Es decir que tras renunciar a traducir al
lenguaje del cuadro el espectáculo exterior, el pintor evidentemente
logra una libertad mucho mayor, pero esta libertad es en cierto
modo un espléndido aislamiento, como este autor señala,
hacia su propio mundo. Cada autor se sentirá, hasta cierto
punto encerrado dentro de su propio estilo y dentro de su propia
obra. Pero en fin, esto ha sido –y aquí no se trata
de valorarlo o no– esto ha sido la tendencia dominante de
la pintura europea en los artistas de mayor interés entre
1910 y 1920, esta década maravillosa que se quedó
truncada con la guerra pero que continuó desde entonces.
Para estos artistas, la “vanguardia”, al ser de “vanguardia”,
el tener un arte nuevo era un deber moral. Para unos, que eran los
"constructivistas” rusos, se trataba de buscar formas
nuevas para una sociedad nueva; así lo trataban de hacer
Tatlin, Rodchenko, Malevich, etc.., para otros como los “futuristas”
italianos se trataba de reaccionar contra lo anterior y de expresar
la actividad frenética de nuestro siglo a través del
arte, en lugar de plasmar una visión estática como
se había hecho generalmente hasta entonces. A partir del
“Dada”, desde los “dadaístas de 1917 en
adelante, lo que se pone en cuestión ya no es la obra de
arte en sí misma como concepto, es decir, si hay que pintar
de una manera o de otra, sino el papel del artista y de la obra
de arte dentro de la sociedad, si realmente tiene algún sentido
el dedicarse a pintar dentro de una sociedad cuyos valores están
tan en crisis, que ha producido la guerra más terrible conocida
en el mundo. Por lo demás, dentro de una tendencia, hasta
cierto punto muy similar al “dadaísmo”, Marcel
Duchamp considera que hay que dudar de toda obra de arte que esté
separada de la vida común, deja de ser realmente ese arte
sincero e interesante, esto es lo que Duchamp cree.
Un vector que todos admiten, que es la libertad
tanto en la elección como en la creación artística,
puede llevar a callejones sin salida, como el callejón, por
ejemplo, del “constructivismo” ruso, de la “vanguardia”
rusa que fue la “vanguardia” más extraordinaria
hasta 1920, que fue tolerada y hasta cierto punto protegida por
el primer director general de Bellas Artes ruso después de
la Revolución, pero que después, cuando cayó
bajo Iranov, fue absolutamente reprimida por éste y, hasta
cierto punto, por Lenin; consideraban que el arte es pagado por
el pueblo, que los artistas son artistas que trabajan para el pueblo,
y que aquellos que hagan un arte que el pueblo, con el que ellos
mismos no están de acuerdo –pues se dio el caso de
que llegaron a las manos unas “vanguardias” con otras
dentro de la Rusia de la Revolución–, pues verdaderamente,
un arte que nadie comprendía salvo los “iniciados”
de cada una de esas “capillas”, que ni entre ellos estaban
de acuerdo, y que había de ser para el pueblo –y que
según las ideas de Lenin, tenía que ser un arte al
mismo tiempo pedagógico, a través del cual el pueblo
se educara para formar una sociedad mejor– era un arte inútil.
A partir de este momento se cayó, en lo que se llamó
el “Realismo Socialista” que fue volver a tópicos
del siglo XIX con ideas nuevas, pero con unas técnicas absolutamente
pesadas.
Las manifestaciones más válidas
de la “vanguardia” eran no-figurativas o simulaban serlo.
Sa ha dicho que Cezanne rompió la tetera de la figuración,
los “cubistas” la arañaron un poco a contrapelo
y a partir de 1920 las “vanguardias” la trituraron y
el “surrealismo” terminó de pisotearla.
Había una exigencia de lo geométrico,
de lo claro, de lo puro, de lo nuevo y, por ejemplo, nuestros críticos
de entonces como: Ramón
Gómez de la Serna o Guillermo de la Torre, saludaron
las manifestaciones artísticas nuevas como las exposiciones
de las tiendas, los decorados y los trajes que proyectan el “matrimonio
de ironía” en Madrid, como el alba de una sociedad
nueva, también de un arte aplicado a la vida. El mundo tiene
esta especie de preocupación de que el arte refleje la vida
nueva y que este siglo XX tiene que ser totalmente distinto en su
arte a los anteriores.
Esto da una gran cantidad de expresiones más
o menos abstractas a partir de 1910 sobre todo, que es cuando Kandinsky
realiza su primera acuarela no figurativa y a partir de ese momento
podemos decir que las tendencias más progresivas, o que se
consideran tales, en el mundo occidental son no figurativas, salvo
la excepción del “surrealismo”. El “surrealismo”
que tiene su inicio en 1924 con la publicación del manifiesto
de André Breton, vuelve a la figuración, pero una
figuración muy especial, una figuración basada en
lo absurdo, en lo maravilloso, en lo fantástico, en lo que
no tiene una relación lógica con lo real. Hay que
huir de la lógica lo más posible, hay que negar todo
salvo una especie de instinto que nos hace relacionar por asociación
de imágenes o ideas, unas cosas con otras con la misma libertad,
con la misma independencia de todo sentido particular, como nuestra
mirada va posándose incansablemente de un objeto a otro,
sin seguir una lógica.
El “surrealismo” niega el “dogma”
de la calidad de la pintura, que es una cosa que anteriormente había
sido respetada; se consideraba que una pintura tenía que
ser de buena o de mala calidad por la manera de estar pintada, ya
fuera abstracta o figurativa. Para el “surrealismo”
esto no quiere decir absolutamente nada; de hecho, buena parte de
la pintura “surrealista” no tiene calidad en el sentido
que se había dado a la palabra calidad; el color como experiencia
cromática tampoco les interesa excesivamente; vuelven la
mirada al “simbolismo”, hacia artistas, como hace Dalí
por ejemplo, que habían sido considerados “pompier”
como Meissonier y Bouguereau, y cada uno de ellos se dedica a explorar
su subconsciente. Max Ernst en el mundo de los sueños mediante
la casualidad de sus “frotages”, por ejemplo, que consiste
en frotar encima de una tabla con afloraciones para ver que da de
sí, etcétera; es decir, poner el azar de parte del
artista. Tanguy se interesa por el misterio del espacio submarino,
Dalí se interesa por sí mismo y unas asociaciones
de su propia obra al concepto del universo. Los más avanzados
se interesan por el arte del siglo XIX y, en este aspecto, ha sido
una verdadera osadía porque el siglo XIX, a partir del “cubismo”
y del arte abstracto, ha sido denostado. Y son los “surrealistas
los primeros que empiezan a interesarse por el arte “académico”
del siglo XIX, considerando que tiene sus razones de ser y que todavía
no ha dicho su última palabra. Se interesan por el contenido
“literario”, cosa que está muy mal vista en ese
momento, se interesan por los antecedentes del “simbolismo”
partiendo de los pintores “nazarenos’ clásicos
de Roma de 1800, siguiendo por William Blake, por la Hermandad “Prerrafaelista”
de Bellas Artes de Inglaterra y terminando con el “simbolismo”,
lo que no se admitía de ninguna manera. Consideraban que
la pintura real, la pintura pintura, de ninguna manera podía
ser literaria y que el carácter literario era lo peor que
podía tener una pintura.
Pero esta moda pasó; el arte entra
como siempre, en un terreno casi comercial, de producción
y consumo, que es en el que se encuentra en ese momento y por lo
tanto se debate entre los dos límites de toda mercancía
comercial: la novedad y la absolescencia --es decir, la facilidad
para pasarse de moda--, y esta es una cosa que realmente hace que
el arte de nuestros tiempos esté siempre en esa especie de
vibración y de incertidumbre permanente, ya que por una parte
tiene que ser nuevo, pero esta novedad desaparece, como es fatal,
al cabo de dos o tres años y entonces vuelve a buscar otra
novedad y, al mismo tiempo, esta novedad tiene que ser perceptible
para el público, porque si es una novedad demasiado arriesgada
puede no funcionar, etc, etc, es decir, entra ya dentro de unas
reglas de producción que le acercan a la mercancía
y, de hecho, las grandes ferias internacionales que se celebran
actualmente, como la de Basilea, la Fiac de París o el Arco
de Madrid son, en realidad, comparables a las de cualquier mercancía.
Es ver a los artistas abiertos en canal, ver que es lo que producen
y que resultados dan, económico evidentemente, pues si no
da resultado económico la cosa no marcha.
Pero poco a poco este arte se va posando y
a mediados de siglo podemos decir que el arte dominante en nuestro
siglo es la arquitectura. La arquitectura, porque en un siglo de
tecnicismos ha conseguido unas realizaciones que no se habían
alcanzado en los anteriores, y al mismo tiempo este arte siempre
había sido abstracto, con lo que no choca a nadie, la arquitectura
figurativa es muy rara verdaderamente, y siempre ha estado en relación
con una geometría elemental, con lo que puede seguir las
tendencias más avanzadas, el racionalismo por ejemplo, sin
molestar a nadie. Esto hace que la arquitectura se erija un poco,
a partir de la Bauhaus sobre todo, en dueña y señora
de las demás artes. Hasta tal punto que yo creo que es la
arquitectura la que marca el camino de la creación de las
demás artes, por lo menos hasta mediados de nuestro siglo.
Hay una íntima relación entre
las artes plásticas “post-cubistas”: la arquitectura
muchas veces parece escultura, ustedes pueden recordar, por ejemplo,
los edificios de Oscar
Niemeyer en Basilea que son bodegones cubistas, como esculturas
en realidad. Pueden recordar la iglesia de Ronchamp de Le
Corbusier en forma de barca, es arquitectura casi figurativa.
La pintura como la escultura basada en modelos
arquitectónicos se pone de moda especialmente a partir de
los años cuarenta, se dice que un cuadro está bien
construido, que un cuadro tiene una sólida arquitectura,
que tiene entramado, que tiene buena carpintería; es decir,
cosas que se le podrían decir a un albañil se le dicen
a un pintor, y lo peor que puede tener un cuadro en esos momentos
es no estar construido precisamente, es decir ser un cuadro vaporoso.
Por eso, estamos últimamente descubriendo a Murillo, que
sencillamente fue denostado porque se le encontraba que no era sólido,
que no tenía –la tiene evidentemente—esa arquitectura
que se buscaba en el arte, de tal manera que los pintores exageraban
la geometría monumental y los cuadros marcaban, casi siempre,
las verticales y las horizontales para demostrar que aquello se
sostenía de una manera casi arquitectónica, y esto
incluso en los motivos figurativos menos adecuados.
Pero en cambio se evitaba hablar de todo contenido
espiritual, se evitaba todo lo que oliese de lejos a lo que se podía
llamar literario, porque esto se consideraba el peor defecto. En
el fondo se estaban estableciendo unas reglas preceptivas tan arbitrarias
y tiránicas como las que habían tenido las academias
del siglo XIX. Pero evidentemente la abstracción aburría
a algunos, Bacon por ejemplo ha confesado que a él le aburre
y que realmente no concibe un pintor que pinte abstracto toda su
vida sin caer en lo decorativo, o en el aburrimiento. Picasso ha
flirteado con la abstracción pero nunca ha sido un pintor
abstracto. Picasso, Bacon, como otros más, abren paso a otras
formas de vanguardia porque de hecho hay que reconocer que el hombre
se ve reflejado en todo lo que ve, esta es la marca de fabrica del
hombre, este narcisismo permanente que hace que cualquier cosa que
vea en el mundo la refiera a su propia persona y, verdaderamente,
incluso cuando pinta informalísticamente o geométricamente
está pensando en sí mismo.
En este momento, en que ya se está
perdiendo esta especie de ortodoxia de que la pintura es una cosa
plástica que no ha de contener ningún valor que no
sea precisamente el valor constructivo, empieza a abrirse paso cierto
interés por las místicas, ortodoxas y heterodoxas,
tanto cristianas como orientales, es el momento en que empieza a
descubrirse la pintura “romántica” que hasta
el momento estaba olvidada y artistas como Géricault, Delacroix
pasan al rango de los grandes artistas de todas las épocas
por primera vez en la historia.
Y con esto tocamos una especie de “neo-romanticismo”
que se da en nuestro tiempo y que me incita a hablar con citas de
algunos idearios “románticos”. El poeta alemán
Schiller, en
un ensayo que publica en 1795, es decir, a finales del siglo XVIII,
que se titula “Cartas sobre educación estética
del hombre”, dice: “Lo que distingue y realza al hombre
es precisamente la facultad de convertir la obra de la necesidad
en la obra de libre albedrío, y la necesidad física
en necesidad moral. Los antiguos recibían su forma moral
de la naturaleza que todo lo une, mientras que nuestros contemporáneos
la toman del entendimiento que todo lo fragmenta. La salvación
de la humanidad está en el arte y la belleza, liberados de
la corrupción, si el artista abandona lo real, la inteligencia,
y se esfuerza por encarnar el ideal, por la unión del posible
y lo necesario lanzándolo tácitamente hacia el tiempo
infinito.” Y termina Schiller aconsejando a los artistas:
“Vive en tu siglo pero no seas su hechura, trabaja para tus
contemporáneos pero no hagas lo que elogian sino lo que precisan.”
Es una cosa que Schiller escribía a fines del siglo XVIII
y que resulta de nuevo aplicable en los años cincuenta.
En España la generación de los
sesenta está perfectamente reflejada en el Museo
de Cuenca. Es fundamentalmente abstracta, pero en algunos con
contenidos espirituales, ya sea un “expresionismo” abstracto
como el de Viola, de Millares... o un “geometrismo”
más místico que podría ser la posición
de Sempere, de Zóbel, de Torner... Pero hay que reconocer
que en los años cincuenta-sesenta lo “moderno”
en Madrid, Zaragoza, Barcelona es lo abstracto. Los señores
que están al día hacen pintura abstracta, y lo que
se considera lo “moderno”, el arte de “vanguardia”,
es el arte “no-figurativo”.
Pero muy pronto vino la reacción, a
veces dentro de los mismos pintores que habían pintado “no-figurativo”,
por ejemplo Aguayo que pasó como Nicola de Staël de
una pintura abstracta a otra cada vez más figurativa. Y en
1970 podemos creer que lo que podemos llamar “ortodoxia”
de la abstracción se ha roto; ya no se considera necesario
que un pintor tenga l deber de ser abstracto si quiere ser “moderno”.
Se considera que cada cual tiene el derecho y el deber de seguir
su propio instinto, y sus propias necesidades y que sin que se abandone
lo abstracto, se sigue cultivando, se puede pintar figurativo perfectamente,
y la vuelta a la figuración de algunos pintores importantes
muestra que realmente dentro de la figuración empieza a haber
un interés mayor. Evidentemente no se vuelve a la figuración
tal y como era antes de estos movimientos de “vanguardia”,
la figuración en la que el artista se desenvuelve en España,
y en todas partes, hacia 1970, es una figuración en la que
ha quedado el peso y el poso de todas las vanguardias que ha habido
en los cincuenta años anteriores.
Es decir que la vuelta a la figuración
no consiste en hacer tabla rasa de todo lo que se ha inventado a
partir de 1910,sino sencillamente cada cual lo utiliza a su manera,
de este modo resulta que en vez de haber una pintura figurativa
como más o menos podía haberla en 1850, hay una enorme
cantidad de tendencias diferentes de dicha pintura en nuestro tiempo.
Por ejemplo el “neosurrealismo”, que consiste en revivir
el “surrealismo”, que estaba un poco decrépito,
y hacer un arte basado en el instinto, en lo lírico, en la
libido, en los sueños, en la asociación de ideas,
de imágenes. De modo que la lógica intervenga lo menos
posible, y que el artista pueda lanzarse a la realización
sin ningún prejuicio moral y estético. Esto será
un surrealismo nuevo, muy de moda todavía en algunas esferas,
especialmente en Europa Central.
El “hiperrealismo” que es un realismo
llevado a su extremo, como indica su prefijo, y que consiste en
hacer una obra más realista, si es que cabe la palabra, que
la realidad misma, exagerando sus perfiles, sus contornos, sus relieves,
hasta que partiendo de la fotografía se consigue hacer una
cosa mucho más saliente del cuadro que la fotografía
misma. Esto ha tenido en España bastantes cultivadores de
talento.
El “objetismo”, un realismo de
nuevo estilo que consiste sencillamente en coger un objeto y aislarlo,
y a partir de un momento combinarlo con otro. Al exponer este vaso
de agua, por ejemplo, este objeto es arte. Desde que Duchamp hizo
experiencias parecidas en Nueva York en 1913, se considera que evidentemente
el que un objeto sea artístico o no, no depende de reglas
porque no las hay sino de la voluntad del artista que lo expone.
O sea, que si un artista decide que este vaso es una obra de arte,
pues obra de arte será puesto que nos lo asegura, ya que
no hay ninguna regla que prohíba que este vaso sea una obra
de arte. Entonces, si este vaso lo aislamos de su contexto general
y lo exponemos en un pedestal se convierte en una obra, que es lo
que los “objetistas” exponen, por eso se llaman “objetistas”.
La “nueva figuración”,
una tendencia que se ha dado bastante en España, y que consiste
en hacer una figuración a base, como si dijéramos,
de fragmentos un poco intestinales, con un criterio expresionista
muy claro. El “realismo crítico” que todavía
es más expresionista y que se acerca al “realismo socialista”,
que son figuras de “realismo” muy tomado en el concepto
exacto que tenía cuando Courbet lo inventó, cuando
se empezó a emplear la palabra a mediados del siglo XIX,
que consiste en presentar la realidad tal como es, decían
ellos, para tratar de mejorarla. Es decir tanto el “realismo
crítico”, como el “realismo socialista”
tratan de aleccionarnos a través del arte, a través
de una realidad que se considera perceptible para tratar de que
la vida sea mejor. Esto no quiere decir que la obra de arte sea
o no mejor, pero la intención es buena.
El “realismo fotográfico”
consiste sencillamente en coger un ana fotografía y copiarla,
cosa que es bastante complicada y un poco aburrida pero que mucha
gente hace, la copian unas veces directamente poniendo la fotografía
junto al cuadro o dibujo, y otras proyectando una diapositiva en
un lienzo sobre el que se ponen a pintar.
El “pop-art” es absolutamente
diferente, se trata de expresar una especie de infracultura, la
cultura suburbana, “undeground”, de “Chupa-chup”,
de “comic”, de “tebeo”, de la barriada...
y con esto tratar de expresar una realidad nueva. La figuración
“narrativa” que se puso muy de moda en los sesenta y
que ahora parece que está un poquito de capa caída,
consiste en presentar las pinturas como si fueran una historieta,
con escenas sucesivas cuya lógica puede ser mayor o menor
según los casos.
El “ingenuismo”, o sea lo que
se llama ahora de una manera un poco abusiva pintura “naif”
que consiste simplemente en pretender, a estas alturas, que un pintor
no ha visto nada del mundo y que pinta por instinto y sin que nadie
le haya enseñado, cosa, hoy, absolutamente imposible. El
pintor más ingenuo del burgo más alejado de África
Central ha visto reproducciones, fotografías y, verdaderamente,
conservar esa pureza de buen salvaje es una cosa, como puede verse
en las exposiciones “naif”, bastante imposible, pero
se da con bastante éxito.
Si les digo que ya llevan muchos años
celebrándose bienales y trienales de “arte ingenuo”
pensarán que, evidentemente, es muy difícil resistir
tres o cuatro bienales en Bratislava o Atenas y seguir siendo ingenuo.
Esto me recuerda el caso de un pintor “ingenuo” que
conocí en París y que me dijo: “Este le va a
gustar más que los demás porque es el más ingenuo”
y le dije: “Verdaderamente”. Bueno, pues esto es el
“ingenuismo”.
El “neomodernismo”, que se está
dando últimamente bastante, es el volver a las formas un
poco sinuosas y alegres de la linea del látigo dentro de
la figuración de nuestro tiempo. Está en relación
con lo que se está llamando ahora, con un poco de abuso,
la “transvanguardia”, parece que de repente estamos
cansados de ser “vanguardistas”, y está de moda
una pintura “transvanguardista” que es la que se ve
este año, por ejemplo, en la Bienal de Venecia, en Kassel
o en Nueva York, se la encuentra uno por todas partes. Consiste
en una figuración desordenada, una especie de “expresionismo
alemán” de los años diez pero peor pintado y
sin ningún móvil claro, es decir, se trata de aprovecharse
de un modo un poco ecléctico que, en lugar de obstinarse
en crear formas nuevas de arte, del pensar que el artista no tiene
más remedio, como las señoras que van de saldos, que
ir a los saldos de la cultura y coger un retal de un sitio, otro
de otro y con eso organizar un cuadro que parezca un poco nuevo
a base de refritos más o menos rápidamente hechos;
esta idea está de moda sobretodo en un grupo italiano opulentísimo
que ha conseguido hacerse el dueño del mercado internacional,
y precisamente dentro de esa “transvanguardia” que no
manifiesta interesarse por la perfección de la obra; la pintan
como con desgana, hasta cierto punto son “conceptuales”.
Saben ustedes que el arte “conceptual”
consiste en plantear la obra y no realizarla, queda en la mente,
se dan unos cuantos datos al espectador y se dice: “Con estos
datos haga usted lo que quiera, aquí tiene una carta, un
vaso de agua, una fotografía y un chalet, y con esto organice
el novelón o la plástica o lo que le dé la
gana, porque yo no tengo el tiempo de hacerlo.” El “conceptualismo”
ha llegado a tales extremos que he visto, por ejemplo, hace ya años
por lo demás, pues no es que sea una cosa muy nueva, a un
señor que estaba sentado en una exposición colectiva
en París y encima había escrito en la pared: “Yo
soy un artista”, con esto el concepto se quedaba dentro del
propio artista y no tenía que molestarse ni en dar una mala
fotografía, ni un mal texto; y con esto iba mucho más
lejos que Duchamp cuando decía: “el objeto, este vaso,
es artístico porque lo digo yo, lo he comprado en la tienda
de enfrente, pero como lo pongo aquí suelto, es un objeto
de arte”, y funcionó. Recuerdo dentro de estas anécdotas
curiosas, y que eran por lo demás unos aspectos muy serios
del arte, a una pintora argentina que en un salón internacional
de París expuso hace años a su hijo en un “moisés”,
y verdaderamente era una obra de arte, un niño siempre es
una obra de arte, lo había hecho ella, y además le
había costado nueve meses. O sea, que tenía todo el
derecho a exponerlo y el niño se pasó allí
toda la exposición, supongo que por la noche se lo llevaría
a casa, era otra obra, la más realista de todas, verdaderamente.
Cuando nos dicen como gran mérito de una pintura: “mire
lo realista que es que parece que la mano se sale del cuadro”,
este niño se salía de la cuna pero completo.
El “expresionismo” que pudiéramos
llamar “dinámico”, que es el de Bacon, representa
las figuras como si estuvieran en moviéndose, como si hubiera
un desenfoque fotográfico que tratase de captar esta cosa
que ha sido siempre terrible, y que veremos como los artistas representados
en esta exposición esquivan o sortean, que es el choque del
tiempo con el espacio. Es decir, en una obra, estática necesariamente
como es la pintura, representar el movimiento ha sido siempre uno
de los grandes problemas y tanto Bacon como Barjola lo hacen a base
de deformaciones que nos evocan una fotografía mal expuesta,
no expuesta suficientemente, en la que el personaje se mueve o se
va, y esto ha sido hecho con un enorme talento; Bacon ha sido uno
de los señores que ha conseguido lo que se proponía
con mayor exactitud, le llamo aquí “expresionismo dinámico”
por llamarlo de alguna manera.
Hay otro tipo de pintura figurativa, también
muy de moda en nuestro tiempo, que consiste en reproducir detalles
mínimos, por ejemplo un botón o un trozo de nariz
en escala gigantesca, podríamos llamarlo “gigantismo
detallista”. Stevenson hizo un retrato del Cordobés
entero pero necesitó la torre Eifel para colgarlo, debía
tener algo así como 100 m. de alto. Pero lo más recuente
de Stivenson es lo de la oreja en cuadro de 10 m2.
o un trozo de ojo con pestañas, o como aquel que se especializó
en sastrería, un ojal con un botón y cosas de esas;
la cosa tenía su aquel, era bastante impresionante y hasta
cierto punto estas cosas son como el “huevo de Colón”
que una vez inventadas parecen una tontería pero que había
que inventar.
.../... continúa,
segunda parte
Julián
Gállego, Huesca 1982
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Julián
Gállego, Zaragoza, 1919-2006. Doctorado en Historia
del Arte en la Escuela de Altos Estudios de la Sorbona, en
París. Fue profesor en Historia del Arte en la Universidad
Autónoma de Madrid y catedrático de la Universidad
Complutense de Madrid hasta que, en 1995, fue nombrado jefe
de departamento de arte contemporáneo y concedido el
título de profesor emérito.
Su extensa bibliografía incluye entre otros libros:
Visión y símbolos de la pintura española
del Siglo de Oro (Madrid, Aguilar, 1972), Velázquez
(Nueva York, Metropolitan Museum, 1989) y El cuadro dentro
del cuadro, (Madrid, Cátedra, 1978); así
como monografías sobre Francis Bacon, Julio González,
Goya o Pablo Picasso entre otras. |

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.segunda
parte
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