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Texto de
Magdalena Aguiló para el catálogo de la exposición
Bona Nit Món de Vicente Pascual en la Galería
Eude de Barcelona, 1989
BUENAS
NOCHES, MUNDO
Escaparse fuera del tiempo a través
de la intensidad de una vida interior buscando paisajes en los
cuales recalen al unísono la Pintura, la Poesía
y la Música, no es algo común en nuestros días.
Tampoco es frecuente, la elección deliberada y obsesiva
de un único tema, repetido sin cesar como el respeto y
el amor que se profesa en una oración.
Los paisajes
que presenta Vicente Pascual Rodrigo en esta exposición
son el resultado de un largo viaje emprendido hace muchos años.
Como un verdadero filósofo y peregrino, el pintor ha ido
dejando atrás todo aquello que pueda ser considerado accesorio
para dirigirse a la prosecución de una meta que no es otra
que la de acercarse al paisaje esencial del conocimiento y de
la luz por excelencia.
Atrás queda la hermosa y fructífera
etapa de su labor en la Hermandad
Pictórica para deslizarse por un camino en solitario,
fundado en la continuidad de estos largos años de humilde
aprendizaje. Trabajo realizado sin gritos ni estridencias y en
el que ya se intuían y estaban presentes las constantes
de toda su evolución plástica posterior.
En su obra aparecen lugares que no pueden
ser localizados en la geografía de ningún país:
son construcciones puramente mentales aunque se nutran de motivos
en apariencia reales. Ya de por sí, la Pintura niega realidad
a las cosas que representa. Muestra relaciones que desnudan los
elementos de todo significado material para acabar siendo referencias
de un discurso pictórico purificado. Ello ni significa
que el motivo desaparezca sino que puede ser absorbido por una
presencia inmaterial. Este es el caso de la pintura de Pascual:
su visión nos remite a un más allá de lo
simplemente representado. Es la magia de intuir algo sublime en
fenómenos aparentemente sencillos.
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El
Grito del Águila 1989
Óleo sobre tela, 54 x 54 cm.
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Aunque ello no debe llevarnos a engaño,
sus paisajes no constituyen un código esotérico
privado sólo accesible a un pequeño núcleo
de iniciados. Los elementos que utiliza están exentos de
símbolos y alegorías. Sería tiempo perdido
intentar un estudio iconológico de sus obras: el significado
nos es revelado en cada cuadro y no necesita ser descifrado en
base a ningún lenguaje particular. En el fondo, es una
pintura que se resiste a la interpretación. Pretende llegar
al espectador como algo similar a la música que envuelve
el espíritu.
Creo que fue Schiller quien decía
que el arte del paisaje debe actuar en nosotros tal como lo hace
la música. La sensación se despierta gracias a la
analogía de los sonidos y los colores con los impulsos
emocionales. Esta reflexión musical sobre la Naturaleza
le encontramos a lo largo de la historia del Arte en algunos pintores
que intentan expresar los ritmos y sonidos de las formas naturales
por medio del espacio y el color. En el caso del pintor que nos
ocupa, esa búsqueda de la musicalidad se constata ya en
el título de la exposición, clara referencia al
comienzo de una cantata de Bach. Y prosigue en su contenido, buscando
la armonía que equilibre la relación entre geometría
y musicalidad como dos principios opuesto y complementarios.
Este aspecto de unidad en la complementariedad
es una de las claves de la pintura de Vicente Pascual Rodrigo.
Aparece como una premisa de su particular concepción del
mundo y se refleja en cada uno de los elementos inherentes al
arte de pintar. El cuadro ha de tener una lógica interior
que facilite el equilibrio y la unidad de sus partes. Es preciso
que cada elemento pueda hallar su opuesto para conferirle la estabilidad.
Una nube demasiado leve reclama un rigor montañoso; un
color busca la presencia de su complementario; a un tono demasiado
denso ha de seguirle uno más ligero.
La pintura es un espacio en el que un cierto
caos se ordena. V. Pascual busca expresar el equilibrio entre
las cuatro direcciones del espacio que constituyen con el eje
cenit-nadir la esfera total del espacio cósmico y simbólicamente,
del destino humano. La pintura viene a ser como una reducción
del universo a un pequeño espacio de dos dimensiones.
Otra de las claves de la trayectoria de
Vicente Pascual es la extrema preocupación por el aspecto
compositivo y la construcción del cuadro. Su obra refleja
una sólida arquitectura que tiende, en todo momento, al
orden equilibrado y mesurado. El dualismo acciona de nuevo sus
mecanismos más refinados. La horizontalidad puede verse
interceptada por la aparición trascendente de algunos árboles
solitarios que evocan todo el simbolismo de la verticalidad en
su ascensión hacia el cielo. Cielo, Tierra y mar se funden
en la armonía que conjuga sus formas naturales en la medida
justa. Cada uno de los elementos está colocado con la precisión
de un relojero aunque evitando la rigidez geométrica ya
que la fragilidad en un cuadro es tanto o más importante
que su arquitectura.
El color se va creando por la acumulación
de múltiple pinceladas en busca de un ritmo general y de
una melodía de tonos y timbres contrastados o complementarios.
Tales pinceladas son conscientes de que forman parte de un todo
y que cada una necesita a la otra para lograr el efecto deseado.
La base cromática y, por supuesto, la feliz disposición
de la luz son imprescindibles para la creación de una atmósfera
que es la que confiere la verdadera unidad pictórica al
espectáculo. En suma, se trata de someter todos los elementos
del paisaje a un orden determinado para llegar al equilibrio como
fuente de emoción de las sensibilidades despiertas.
Y finalmente, resulta imprescindible hablar
de los referentes e la concepción plástica y mental
de Vicente Pascual. La obra refleja la suma de una compleja gama
de elementos difíciles de conjugar si no se contemplan
detenidamente. La suya es una mirada cargada de historias, de
viajes, de culturas alejadas en el tiempo o en el espacio y de
referencias a pintores adscritos a movimientos dispares. El artista
sabe escuchar extasiado la lección de los pueblos primitivos
que al vivir en medio de las formas naturales, se ajustan a sus
ritmos y hallan espontáneamente las combinaciones más
equilibradas.
Ama la forma y contenido de la sensibilidad
oriental como la estética de los góticos de Europa
occidental o la fascinante cultura de los indios americanos. No
renuncia a nada, a ninguna tradición, a ninguna opción.
Busca el denominador común a todas ellas para encontrar
su esencialidad. En la historia del Arte, no hay arte moderno
ni antiguo, sino leyes eternas, reencarnadas. Lo mismo sucede
con el pensamiento humano cuando asume una universalidad que supera
las barreras de los espacios, de las culturas y de los tiempos.
En definitiva, Vicente Pascual Rodrigo logra
el hermanamiento y la reconciliación entre la cultura oriental
y la occidental: en el cielo de sus paisajes habitan por igual
y en armonía los dioses de todas las religiones.
Magdalena Aguiló Victory
Palma, septiembre de 1989
Magdalena Aguiló es directora de
la
Fundació Pilar y Joan Miró de Palma de Mallorca
desde 2003.
copyright
© magdalena aguilo y vicente pascual 1989
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