Vicente Pascual Rodrigo: "Un paisaje sin geometría no tiene vida: es pura arbitrariedad"

MARIANO GARCÍA

HERALDO DE ARAGON / Galería, 7 de julio de 2008


Dueño de una carrera "torpemente incorrecta, porque siempre he ido contracorriente", Vicente Pascual sigue comprometido con la pintura como cuando empezó. Escribe, además, poesía y ensayo. Contemplar su obra, geométricamente poética, es un lujo alcanzable: está en el Centro Cultural Mariano Mesonada de Utebo, en una muestra que lleva por título "No hay vino si no hay agua".

Usted ha tenido una infancia "acuática", vinculada al Ebro.

Bueno, no soy precisamente "acuático", pero sí que he disfrutado del agua y del Ebro. He vivido muchos años al lado del río y, para los que habitamos junto a su orilla, tenía una gran presencia en nuestras vidas. A mí lo que me fascinaba era asomarme a la barandilla del Puente de Hierro, en un día de niebla, y ver cómo el río iba desapareciendo en la bruma.

A lo mejor así descubrió el paisaje como tema pictórico...

Pues en cierta medida sí.. ¡Aquella barandilla horizontal, la rectitud del Ebro bajando durante milenios de la misma forma!...

Usted entiende el paisaje como geometría.

Ambas cosas son lo mismo. Si al paisaje le quitas la geometría se queda sin vida: es pura arbitrariedad. Cuando en un cuadro la geometría está bien medida surge la magia, la belleza. Yo no puedo vivir sin equilibrio... Pero tampoco sin azar.

¿Qué es "No hay vino si no hay agua"?

Mis trabajos basados en el simbolismo del agua vienen ya de décadas atrás. Los modernos ven el agua como un recurso, y también como algo muy positivo para el bienestar anímico, para el ocio. Pero quizás tuvieran razón los antiguos cuando razonaban que esa corriente de agua forma parte de un todo, que tiene su espíritu, que no es el azar el que la ha situado aquí o allá. Que el ser humano ha de colaborar en el reestablecimiento del equilibrio físico de la tierra, pero que éste será efímero si no reestablece dentro de sí mismo el equilibrio interior. Es a esa embriaguez intelectual, a esa vida, a la que me refiero cuando menciono el vino.

¿Existe el "paisaje aragonés"?

Hay al menos dos particularidades de nuestro paisaje que, sin ser exclusivas, son suficientemente persistentes. Por un lado está la seca aspereza, que seguramente colabora en la formación de la noble austeridad del carácter aragonés; por otro, la claridad de la luz, que permite ver las cosas sin difuminar su color ni sus contornos, que permite ver a lo lejos. Y ello da lugar a la sinceridad, a la franqueza, o bien a su contrario: ese falso y torpe sincerismo.

Foto Francisco Esquej, inauguración "No hay Vino si no hay Agua". De izq. a dcha.: Eloy Fernández Clemente, Jesús Pedro Lorente, Ricardo Calero, Rafael Navarro, Javier Lapuente, José Luis Cano, Enrique Larroy, delante Vicente Pascual, Ana Marquina, Antonio Ceruelo, Pepe Rebollo, Gonzalo Bullón, José Orús.

Le han fascinado los paisajes de Aragón, Mallorca o Indiana. ¿Con cuál se queda?

Ya he hablado del paisaje aragonés. El mallorquín está caracterizado por la dulzura, el misterio femenino, a veces engañoso. El de Indiana tiene un carácter extremadamente continental, viene caracterizado más por el paso de las estaciones que por sus formas específicas. En cualquier caso, todo paisaje corresponde a un conjunto de determinados modos de lo que podríamos llamar una "inteligencia cósmica", no veo a uno mejor que otro, pero en mi caso las raíces son muy intensas.

El paisaje urbano, ¿le inspira?

La inspiración es un término que, siendo muy preciso, se ha convertido en algo que se niega o se aplica mal. Hoy día se confunde lo que sugiere ocurrencias más o menos ingeniosas con lo que inspira la conciencia de realidades superiores de la inteligencia. Si la pregunta va en esta segunda dirección, la respuesta es que necesariamente sí, son muchos los paisajes urbanos medievales en los que tengo la impresión de salir de lo temporal, Marrakech o Estambul por ejemplo. Luego están, por supuesto, esos paisajes como París, o determinadas ciudades "elegantes" europeas, que son hermosas pero que te sitúan simplemente en occidente, en tal periodo de tiempo. Hoy, París, Washington o Madrid son como provincias de un mismo concepto humano muy específico, no tienes la impresión de viajar, sino de cambiar de barrio. Pero la inteligencia está por todo, y en cada una de esas ciudades hay expresiones de ella. Aquí mismo, pasear por Zaragoza y ver esa maravilla que es ese juguetón y riguroso impulso hacia lo alto que es la torre de la Magdalena, por ejemplo, inspira, indudablemente, lo gozoso de la salida hacia lo alto desde el plano de lo mediocremente horizontal.

"El pintor que no se equivoca no es buen pintor. Si vas a una exposición y no ves un cuadro malo, desconfía". Lo decía hace tres años, ¿lo sigue manteniendo?

La primera afirmación sí, totalmente. El pintor sin inquietud se mantiene dentro de cómodos trucos de cocina, no arriesga ni tiene ningún deseo de hacerlo. Tan cierto sería decir que no se equivoca nunca como que se equivoca siempre. Crear arte es como viajar, es un modo de conocerte a ti mismo a través de circunstancias que no son cotidianas ni previsibles. La segunda parte, lo de "si vas a una exposición y no ves…" es una frase literalmente excesiva que podría requerir una matización, pero es muy clara y mantengo su intención.

¿La pintura se ha agotado y por eso se buscan simbiosis con otras técnicas?

Lo que ahora está ocurriendo es que se valora muchísimo, casi exclusivamente el género, el cómo, en lugar de el qué. Del mismo modo que hace un tiempo se pudo considerar el género técnico de la acuarela como la cima de la expresión del ser humano, ahora estamos rodeados de una pobre fijación, muy poco creativa, del género técnico audiovisual. Y aunque los artistas dicen "investigar" sin descanso mediante las "nuevas tecnologías", su creatividad "pluridisciplinar" resulta soporífera. Un verdadero artista puede manifestar su creatividad disponiendo tres cantos rodados o al dar una simple pincelada oscura sobre un papel blanco. No hace falta más.

O pintando con café, como hizo usted en Estados Unidos.

Eso fue durante un viaje a las cataratas del Niágara. Quería pintar el agua cayendo, siempre la misma, siempre distinta, y no tenía otra cosa a mano. Pero esa pobreza de materiales estaba, paradójicamente, llena de plenitud.

La engañosa sencillez de sus pinturas, ¿cómo la consigue?

Si verdaderamente la consigo es porque no la busco. No me interesa la acumulación, que siempre es sospechosa de engaño, pero tampoco el reduccionismo. Diría que se trata más bien de una valoración de las cosas sencillas. Sería muy erróneo considerar la belleza de una pared de adobe superior a la de una filigrana de orfebrería, y viceversa, pero me siento muy atraído por esa pobreza que tanto exige y que pone todo en su lugar. Lo que sí detesto son esos edificios modernos que parecen de fórmica y sus apoyos mobiliarios. No tienen espíritu, son el resultado de un reduccionismo que no puede soportar el menor envejecimiento.

 


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