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Texto de Rafael Cid
para el catálogo de la exposición
No hay Vino si no hay Agua de Vicente Pascual en el
Centro Mariano Mesonada / Museo Orús, Utebo, 2008



Conozco a Vicente Pascual desde hace dos años, soy su médico de cabecera. Nos hemos conocido por sus graves problemas de salud, pero aunque esto siempre late en nuestra relación, él mantiene la fuerza y el valor de hablar de muchas otras cosas. Por tanto su amistad y su confianza es la única credencial que tengo para escribir esta breve presentación de su obra pictórica.

La pintura es, probablemente, un trozo de sueño, de realidad, de pensamiento, al que ponemos un marco. Con ese marco encerramos entre cuatro esquinas un lienzo cuya expansión nos inquieta.

La obra de Vicente Pascual nos rodea, sutil, imperceptiblemente, con un aura de misterio, en su desierto particular. A veces, en un deseo de abandono, hastiados del mundo y su desbordante complejidad nos decimos: “Lo que me hace falta es un desierto”. Vicente nos rodea de desierto, de soledad, de arena, de silencio estrellado. Al principio nos extrañamos, demasiado silencio y echamos de menos los ruidos, la verborrea, el movimiento compulsivo, sin dirección, pero poco a poco entramos en otro silencio, ese silencio absoluto en el que al fin nos podemos escuchar.

Sus cuadros son como mandalas, repetitivos, obsesivos, como un mantra que circula hasta reducirlo todo a un mínimo, que todo lo contiene, círculos, cuadrados, tierra, haikus de colores, que nos incitan a releerlos con la mirada, a escrutarlos a veces con cierta irritación para averiguar porque son tan inquietantes e hipnoticos. Una pincelada zen circular, un gesto, el corte de una espada.

Vicente es un samurai de las formas, su pasión, aparentemente contenida por su serenidad, le obliga a un ejercicio de voluntad, detener la ejecución del mandala so pena de agotar el cuadro, la materia no da para mas, volverlo invisible.
Sus pinturas se incorporan a nuestra historia, nos van moldeando, nos volvemos más circulares, más geométricos, más terráqueos, parando ese mecanismo infernal que nos devora, que nos impide ver, que nos llena de aristas. La materia moldeando el espíritu, alquimia perfecta obrando efectos invisibles.

Vicente Pascual es un samurai en la vida, en su actitud ante la pintura, ante su enfermedad. Nos enseña a todos la sencillez, la humildad, pero no esa humildad falsa precursora de la vanidad, sino la humildad del que se borra, del que a veces se aparta para no interferir, sabiendo de la divinidad mágica de los momentos.

Yo tengo la teoría, indemostrable por otra parte, de que la vida de una persona se puede resumir en unas pocas frases. La vida de todos nosotros se resume en la imagen de alguien que levanta un castillo de naipes sabiendo que todo el cuidado del mundo no va a impedir que se caiga antes o después. Vicente va sin miedo, con cuidado pero con pasión, con medida pero siempre excesivo, nunca ha dejado de poner cartas y nunca ha dejado de reírse.
Un samurai con sentido del humor. Como él dice en uno de sus poemas:

Y que sólo es nítido el reflejo
en el agua serena
Y la ternura de sus ojos

Gracias Vicente, por tu valor y por tu risa.

Rafael Cid, primavera de 2008

 

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