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Ensayo
de Rosa Gutiérrez para el catálogo de la exposición
de Vicente Pascual Axis
Mundi. Museo de Teruel,
verano de 2005.
TRAS LAS NUBES SE ESCONDE SIEMPRE
UN DRAGON
Nostalgia
de los ángeles
¿Quién, si yo gritara, me oiría
entre los coros de los ángeles? Rainer Maria Rilke
El clamor de Rilke resuena aún en nuestros oídos
como un eco, reverberando ad infinitum en la cavidad
hueca de la bóveda celeste. En el ilimitado vacío
cósmico de la física moderna, deshabitado y mudo,
ya no se alza ninguna voz, ni se escuchan los acordes angélicos
ni la música de los astros. Un insondable abismo (chaos)
se ha abierto en el corazón del antiguo kosmos
(orden), arrastrando hacia su vórtice, como un voraz maëlstrom,
a sus primitivos moradores estelares.
Pero hubo un tiempo en que el universo era orden, y número,
y medida, y los cielos estaban poblados por seres especulares
que multiplicaban e informaban hasta el último átomo
de este concierto (harmonia); criaturas aladas que atravesaban
las diferentes esferas, mensajeros (angelos) de las cosas
divinas entre los hombres. Y cuyos vuelos trazaron, en su transitar
mediador de una escala a otra, una geografía simbólica
(synballein: juntar), interregno entre lo invisible y
lo visible, Mundus Imaginalis.
Este territorio de reflejos, lugar de aparición (imago),
es la “linterna mágica” del espíritu,
donde se proyectan las Formas Inteligibles (Arquetipos, Ángeles
o Ideas platónicas), el speculum animae alumbrado
por la imaginación creadora, cartografía del atlas
celeste en el microcosmos humano. Este intermundo es el Paraíso
terrenal, la Naturaleza transfigurada, el Edén que in illo
tempore habitó el hombre en residencia sagrada.
Paraíso que habitamos una vez… y del que fuimos
expulsados. En el Génesis se narran, de hecho, dos expulsiones:
la primera de la Patria Original, por comer del Árbol del
Bien y del Mal, eje simétrico del Árbol de la Vida,
en el centro del Edén; la segunda de nuestra “propia
casa”, el lenguaje, por construir una torre que alcanzase
el cielo, un ziggurat para hablar con Dios. Por castigo
divino moramos en el exilio de la Tierra y ya, dice Rilke, “no
nos sentimos en casa en nuestro interpretado mundo”; y en
el exilio hemos olvidado nuestra lengua original, aquella con
la que Adán Nombró las cosas y que era la lengua
de Dios. “Somos un signo sin significado –escribe
Hölderlin-, / y sin dolor somos y por poco / perdemos el
lenguaje en el extranjero”.
El trabajo de Vicente Pascual parte de esta “conciencia
del exilio”, como él ha expresado en alguna ocasión,
y así entiende que la razón del arte “no es
otra que la actualización de la propia naturaleza mediante
la memoria del origen”. Retornar al origen, resucitar la
Tierra Original, es rememorar la cadena del ser, es ir tejiendo
la red analógica que reunifique la totalidad de la Creación,
hombre y naturaleza, exterior e interior, en una plenitud reveladora.
En el mito neoplatónico es precisamente un “ángel”
(Eros, el deseo de belleza) el motor de este camino ascendente
hacia la unidad original a través de la escala de formas
naturales -y artísticas- que participan por analogía
(similitudo, semejanza) de la Belleza divina.
Retornar al origen es regresar al Centro. Pascual titula esta
exposición Axis Mundi (Eje del Mundo), lema inspirado
en la simbología de la torre, que a su vez proviene del
motivo concreto de unas torres mudéjares de Teruel. El
Axis Mundi es metafóricamente el eje que une el centro
del mundo terrenal con su arquetipo celeste, figurado en el eje
polar y en el eje solsticial. Este Eje Cósmico se relaciona
con el Árbol, que hunde sus raíces en el subsuelo
y cuyas ramas se elevan hacia lo alto; también con la Montaña
Sagrada, en cuya cima se juntan cielo y tierra, y a partir de
la Montaña con la Torre, cuyo prototipo, el ziggurat,
está inspirado en ella. El Árbol del Conocimiento/Árbol
de la Vida, situado en el centro del Edén, y la Torre de
Babel, antiguo ziggurat o templo para hablar con el dios, traslucen
su significado de Axis Mundi en el relato bíblico
en cuanto centro/origen del cual el hombre ha sido alejado…
Tras la Caída, un ángel –Gabriel- nos anunció
la Redención y otros ángeles pregonarán el
Juicio que nos revele finalmente el Paraíso Eterno.
Pero ¿cómo reencontrar este centro/origen si ya
no existen ángeles que nos guíen o están
demasiado lejos para escucharnos? No vivimos ya en el tiempo de
Tobías y hace mucho que los ángeles no nos enuncian
los designios divinos. Si es que aún existen son de una
casta inferior, de aquella estirpe de Angelus Novus que
a Benjamin le gustaba invocar y cuya existencia, según
la leyenda talmúdica, se limita al instante en que son
creados para entonar su canto ante Dios y después disolverse
en la nada. Ángel de la Historia, figura de la melancolía,
Benjamin vio en él la expresión de la modernidad
misma, encarnada en la transitoriedad, y como tal, imagen no ya
del Símbolo, que revela la eternidad en lo efímero,
sino de la Alegoría, que petrifica el instante fugaz.
En el umbral de la modernidad otro filósofo, Hegel, había
vislumbrado ya la amenaza de lo Simbólico -de este Mundus
Imaginalis, de esta geografía angélica- en
el advenimiento de lo Sublime, esa inmensidad inimaginable e irrepresentable,
ese vacío cósmico que ahogaba el grito de Rilke
y que se interpuso, como un agujero negro, en el territorio de
los antiguos ángeles.
Cartografías de lo invisible
Cual un dragón que se desplaza en el cielo, si se
descubriera por entero,
sin aura ni prolongación, ¿de qué misterio
podría estar envuelto?
Por ello, tras las nubes se oculta siempre un dragón.
Bu Yantu
Hegel no sólo vaticinó la anegación del
espacio simbólico en el desbordamiento infinito y abstracto
de lo Sublime, esto es, la invasión del territorio de la
imagen por la palabra, la suplantación del arte por la
filosofía, sino que proyectó varias posibles vías
póstumas para este arte después de la “muerte
del arte”: la evolución hacia un formalismo rupturista
y de vanguardia; una progresiva desmaterialización del
objeto artístico paralela a un desarrollo del subjetivismo
y el culto al genio; y un camino de retorno: una vuelta al arte
simbólico basado en la recuperación de las manifestaciones
preclásicas y en la adopción de las tradiciones
no occidentales.
Éste
es, evidentemente, el camino de los diversos “primitivismos”
de principios de siglo, así como de buena parte de la abstracción,
al menos de esa línea más espiritual y esencialista
que recorre de Malevitch a Josef Albers, Agnes Martin o James
Turrell, y es en esta tradición en la que, en cualquier
caso, hemos de situar el trabajo de Vicente Pascual. Con éstos
últimos comparte un rechazo hacia la expresión psicologicista
y narcisista del yo individual, que lo aleja al tiempo del expresionismo
abstracto y otros territorios afines, y una negación de
la retórica puramente formalista, que evitaría las
conexiones con el minimalismo, la pintura-pintura y sus aledaños.
Hacia los primeros converge su interés por el arte tradicional
y de culturas extraeuropeas, como la pintura china o el trabajo
de los pueblos nómadas. Pero, a diferencia de ellos, en
el caso de Pascual no se trata tanto de buscar los “efectos”
del arte primitivo, como podemos observar en ciertas “mistificaciones”
vanguardistas, cuanto sus “causas”, esto es, de una
afinidad más íntima, más interiorizada. Más
aún, esta asimilación del espíritu artístico
tradicional no excluye en absoluto una expresión ajustada
al lenguaje formal occidental. Así, si sus paisajes anteriores
podían revestir las maneras del romanticismo alemán
o incluso del neoimpresionismo seuratiano, el aliento se lo insuflaba
–a mi entender- el ejemplo de la pintura china. De la misma
manera, en su obra actual podemos reconocer, por poner por caso,
similitudes “externas” con la abstracción americana
mientras que su “interior” responde, en determinados
momentos, a un espíritu cercano del misticismo musulmán.
Esta disociación no es sino aparente puesto que lo que
Pascual persigue no es una suerte de sincretismo cultural, sino
–en sus propias palabras- “estudiar aquellas constantes
que por alguna razón me absorbían y que, antes que
a mí, habían fascinado a otros”. Como él
acostumbra citar: “No sigo a los antiguos, busco lo que
ellos buscaron”.
¿Cuál es, pues, el sentido último de este
arte tradicional o simbólico? De otra manera, ¿qué
es lo que unifica las diferentes tradiciones en las que se reconoce
el arte de Vicente Pascual?
Decir “arte simbólico” significa recuperar
para el arte ese estatuto alquímico de transformación
de la materia en espíritu, ese espacio de mediación
entre lo sensible y lo inteligible, ese Reino seráfico
de la imaginación activa que hemos nombrado como Mundus
Imaginalis. Decir “símbolo” –etimológicamente,
“lo que une”- y decir “imagen” –“aparición”-
es enumerar los atributos angélicos, en cuanto que transmisores
y anunciadores de la presencia divina. La finalidad del arte simbólico
es, por tanto, la representación de la divinidad; los objetivos
del arte simbólico son, en un extremo, iconoclastas. Su
querencia última es representar lo irrepresentable, hacer
visible lo invisible; o, como enseñan los maestros chinos,
insinuar la presencia del dragón oculto tras la nube.
En este sentido, el arte de Vicente Pascual se relaciona con
el del icono (eikon: imagen, semejanza, representación)
en cuanto que éste es también una epifanía
sensible de lo sagrado, manifestación del misterio de la
Encarnación, de la Kenosis. En el icono (como,
entre nosotros, en las representaciones del Santo Sudario) hay
una tensión simbólica que empuja a la imagen a realizarse,
a encontrar su plena significación, fuera de ella. Presencia
que revela una ausencia, inmanencia que evoca una trascendencia,
esta representación de la doble naturaleza de Cristo -humana
y divina- está simbolizada a través de las formas
y los colores.
El círculo del rostro o del nimbo de Cristo inscrito en
el cuadrado del marco sugiere la imagen de la cuadratura del círculo
(como en muchos cuadros de Pascual), es decir, la circunscripción
de lo ilimitado, del infinito (apeiron). El cromatismo
es igualmente simbólico: el oro no es un color, es la materialización
de la luz divina, es irradiación. De la misma manera, Pascual
utiliza una pintura leve, casi inmaterial, transparente, que va
superponiendo en capas dividiendo zonas de luz, menos saturadas,
de otras de sombra, en una dialéctica de opuestos yin-yang
que emana, sin embargo, de una única fuente. Esta coincidentia
oppositorum se expresa nuevamente en el contraste entre el
rigor en la geometría del dibujo, y la libertad y el azar
en la aplicación del color, resuelto en la energía
dinámica del chorreo que salpica y unifica toda la tela.
Los colores usados –el negro humo y el óxido rojo
de quinacridona, aderezados con el blanco- se transmutan, una
vez aplicados en el lienzo, en un tono verde pardo-dorado, proceso
que insinúa las diferentes fases alquímicas (negro:
calcinación; blanco: solución; rojo: destilación)
y la sublimación final de la materia en oro. Pero es que
además el verde es, según Henry
Corbin, el “color litúrgico y espiritual del
Islam”, el “centro supremo”, el “misterio
de los misterios” y se relaciona, en la mística sufí,
con el Imán oculto (Al-Khidr, “El Verde”),
el guía interior del vidente; y en la tradición
alquímica con Mercurio, Lumen Naturae, la energía
divina de la naturaleza, siempre cambiante, siempre la misma,
que Jung reinterpreta en la imagen del trigo que muda del verde
al oro, como la maduración del alma. En definitiva, una
polisemia metafórica que remite a un único significado
de fondo: el del cuadro como instrumento de contemplación
–la virtud hierúrgica del icono.
Al margen de estas conexiones con éstas y otras manifestaciones
del arte tradicional, la pintura de Pascual mantiene afinidades
con otras representaciones simbólicas, como la cartografía,
la jardinería o la arquitectura, proyecciones abstractas
de o en el entorno natural o construido que no excluyen sin embargo
la imagen antropomórfica, puesto que el hombre, en una
transposición analógica de correspondencias macrocosmos/microcosmos,
se halla también reflejado en ellas.
El arte, como los mapas de los tiempos precientíficos,
es una cartografía de lo invisible, proyección especular
del atlas celeste, geografía imaginaria. Así en
los planisferios medievales, cuyo centro es la Jerusalén
Celeste, o en los planos egipcios de la topografía del
más allá. Todavía en los tiempos de Plinio,
y aún en los de Ptolomeo, el Cosmos es un todo ordenado
que enlaza hasta el último elemento de la tierra con su
arquetipo celeste y en medio de un discurso pretendidamente científico
el primero describe en su Historia Natural cómo ha visto
“de noche, durante los turnos de guardia de los soldados,
pegarse a la punta de las lanzas el brillo de las estrellas”.
El jardín es también una Imago Mundi,
una representación en miniatura del universo y, en un sentido
trascendente, un trasunto del Pensil Paradisíaco. Esto
es así en el huerto medieval como en el vergel persa o
en el jardín zen. Es por tanto un centro, un espacio de
meditación (meditar es “con-centrarse”), un
mandala que estructura nuestro “pensar el mundo”,
como los mapamundi, y un itinerario iniciático, como el
icono.
La arquitectura tradicional, lo hemos visto en el caso de las
torres mudéjares de Teruel, responde igualmente a unos
arquetipos, a unos esquemas universales. Es una geometría
simbólica, una imagen de Dios y una imagen del hombre,
como ejemplifica el esquema vitruviano del cuerpo humano inscrito
en un cuadrado y rodeado por un círculo o la planta de
cruz latina de las iglesias cristianas.
La pintura de Vicente Pascual, como el “arte” del
geógrafo, el jardinero o el arquitecto, es “imitativa”,
pero esta imitación –como defiende Coomaraswamy-
lo es en cuanto a la Forma (eidos), especie o género;
su trabajo consiste en hallar esta forma y “adecuarla”
(adaequatio) a una superficie o soporte dado. La finalidad
de este arte no es imitar la naturaleza en sus efectos (Natura
Naturata) sino en su modo de operar (Natura Naturans),
en el acto creador. La actividad del artista se identifica entonces
con la de Dios como Creatrix, como Divino Arquitecto.
Sus imágenes son un reflejo del intelecto divino, su mirada
alcanza el punto de vista de Dios.
En un mundo, como el contemporáneo, saturado de imágenes
banales, éstas nos proponen un lugar para el reposo, para
la meditación, un camino para huir del tiempo. Cuenta la
leyenda china que “así como su contemporáneo
el poeta Li Bo murió ahogado al tratar de atrapar en un
río el reflejo de la luna que tantas veces había
cantado (…) Wu
Daozi desapareció en la bruma de un paisaje que acababa
de pintar”.
Rosa Gutiérrez
Barcelona, julio de 2005
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catálogo de la exposición
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Rosa
Gutiérrez Herranz es historiadora y crítica
de arte. Imparte clases de cine y arte contemporáneo
en la Universidad Autònoma de Barcelona y es colaboradora
de la revista ARTE Y PARTE. |
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