
Ensayo de Patrick
Laude para el catálogo de la exposición de Vicente
Pascual ROMANICA SIMILITER en el Monasterio románico
de Veruela. 1999
“...Pero
para nosotros que estamos en la tierra, estas cosas terrestres
vienen primero a nuestro conocimiento, y por eso es por lo que
nos parecen reales
mientras que las cosas celestes nos parecen meras imágenes; pero de hecho, es lo celeste lo que es real,
mientras que lo terrestre es tan sólo una imagen.
Lo terreno siempre acaba desapareciendo y lo eterno permanece
siempre.”
Ruperto de Deutz, siglo XII.
Hay al menos
tres modos de mirar el mundo visual de la forma y el color. El
primero consiste en percibirlo como un ilimitado campo de líneas
y matices a través del cual multiplicamos expansivamente nuestras
experiencias sensoriales, de manera supuestamente enriquecedora
o entretenida. Es el barniz de los fenómenos relucientes a los
que la mirada se abandona pasivamente. No hay centro, no hay profundidad,
sólo un engañoso sentimiento de liberación que roza el caos y
la nada. A esta tendencia centrífuga y dilapidadora se enfrenta
una razón endurecida y artificialmente sistemática que le opone
las vanas estructuras de su orden, concienzudo y rígido. Como
un péndulo, el arte contemporáneo tiende a oscilar entre estos
aparentes opuestos.
Hay, sin embargo,
un tercer modo que reconcilia el gozo de crear con la necesidad
de un principio regulador. No es sensualista ni racionalista,
pese a que es intelectual y profundamente estético; encuentra
sus fuentes arquetípicas de inspiración en los tesoros del arte
sagrado y del folklore de los más diversos pueblos. La finalidad
última y la virtud de este arte es señalar la esencia que está
más allá de la forma, haciendo de ésta la mensajera de aquella,
sugiriendo así el mensaje de elevación y profundidad que las formas
espiritualmente inteligibles siempre conllevan. Arte como medio
de recordar, en el sentido platónico de recuerdo, memoria de los
arquetipos. Así es como entiende la pintura Vicente Pascual.
La profunda
conexión entre el arte y la memoria esta ilustrada por el hecho
que nos recuerda San Agustín: "decían los antiguos que las musas
eran hijas de Júpiter y Memoria" (De Ordine, XV). En su esencia,
recordar es un acto de regreso al centro, al corazón, en latín
recordare (cor = corazón), y también es un levantar el vuelo,
dejando atrás lo que no merece llenar nuestro corazón, en griego
anamnesis (ana = hacia arriba). La pintura ha de interiorizar
y elevar, como ha de proceder de una interiorización y de una
elevación; como dice Frithjof Schuon: "el arte es una exteriorización
con miras a una interiorización". Todo comienza desde el centro,
como alusión a aquello que siempre es ahora, y que en todo lugar
está aquí. Y todo nos devuelve a ese centro que es como la dimensión
interior de la totalidad, ese principio oculto del todo que todo
lo abarca. Las visiones de Vicente Pascual están siempre centradas
ya sea en la forma del ojo universal, en la cruz o en el invisible
pero necesario principio de alternancia y de irradiación.
Lo que está
dentro también está arriba, por eso en algunas de sus pinturas
el corazón es también una montaña invertida, y por eso la visión
centrípeta puede ser reemplazada o complementada por una
elevación, un sentido de transcendencia tanto como de jerarquía.
También aquí está presente la unidad de la totalidad. Direcciones
inversas, reloj de arena, la escala de Jacob; símbolos de una
unidad que se transforma mediante el descenso y el ascenso por
el eje de transcendencia. "Este mundo es imagen de Aquél, y viceversa"
(Aitareya Brahmana, VIII.2), el mundo refleja lo de arriba, y
la analogía inversa es la ley que conecta las dos esferas: similiter.
Similiter, pues
no hay verdadera originalidad si no es aquella que procede de
la semejanza con el Origen. La verdadera creación artística y
la contemplación estética requieren vaciarse para ser receptivo
a este Origen; esa es la pobreza interior de los tiempos bíblicos
cuyo perfume espiritual está tan nítidamente reflejado en el primer
arte medieval. Sobriedad contemplativa e interioridad: estos rasgos
del románico los encontramos a menudo en el trato que Vicente
Pascual da a las formas y a los colores. En sus pinturas, la simplicidad
geométrica de las formas no tiene huellas de ningún esfuerzo dramático
por conquistar lo inefable y, en un modo análogo, hay en sus colores
un gozo contenido: cálidos como la tierra quemada por el sol,
medio desértica medio solar, situados en algún lugar entre la
gloria del sol y la humildad de la tierra, como un fuego que arde
en la cueva vacía del corazón. Aquí la espiritualidad no es una
tensión dinámica sino un reposo en las leyes y correspondencias
del ser. Hay algo profundamente intelectual en esta orientación
geométrica y en este reposo contemplativo en el ser, algo afín
a la luminosidad inmóvil e interior del románico. Es como si la
belleza estuviese resguardada contra su dilapidación y contra
las desviaciones individualistas gracias a la pureza del rigor.
Hay mucho control en este arte que parece no conceder a la manifestación
más de lo que ésta es capaz de resistir sin traicionar la plenitud
del Vacío del que procede, pues "Ciertamente ningún reproche puede
hacerse a este mundo salvo que éste no es Aquél" (Plotino, Eneadas,
V,8,8)
La afinidad
del arte de Vicente Pascual con los trabajos ornamentales de los
pueblos nómadas -ya sean indios de América, mongoles o beduinos-
no puede pasarnos desapercibida; no cabe duda de que esta afinidad
refleja un sentido de la transitoriedad, da testimonio del carácter
provisional de las formas visuales. No hay aquí ninguna preocupación
por una representación figurativa que pudiera conceder a las formas
algún tipo de independencia y de estabilidad, una vida por sí
mismas, por decirlo de algún modo. En estas pinturas, la abstracción
no ha de entenderse como una liberación de las restricciones de
la representación sino como una alusión a los arquetipos.
Se advierte
que Vicente Pascual ha extraído la quintaesencia del mensaje
del arte nómada, su dimensión primordial, para convertirlo en
el elemento central de su concepto estético; en este sentido,
podemos decir que, lejos de limitarse a seguir conceptos del pasado,
Pascual ha logrado de manera espléndida hacer que su arte sea
una expresión innovadora de los principios perennes que están
en el núcleo del románico.
Patrick
Laude, Arlington, Virginia, 1999 |