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Texto de Vicente Pascual para la introducción a su libro titulado "a la Vida, a la Muerte y a mi Bienamada / Cancioncillas y cancionejas. Editado por Olifante, Ediciones de Poesía en mazo de 2008, cuenta con un prólogo de José Corredor-Matheos. Se trata de un poemario que reune una cincuentena de poemas Vicente Pascual seleccionados por Ángel Guinda.


a la Vida, a la muerte y a mi Bienamada

Hay dos episodios de una leyenda que han venido una y otra vez a mi espíritu durante el tiempo en el que he concebido estas cancionejas. La leyenda proviene de la antigua Arabia: Laylâ y Majnun, una bellísima historia de amor, aunque dicen que fueron los poetas persas quienes con más fama la cantaron, y que es la narración de Nizâmi la mejor conocida. Creo que estos episodios dicen más que lo que yo podría decir sobre lo que aquí imito.

Para mejor entender el sentido de la leyenda hay que advertir que Majnun –cuyo nombre podríamos traducir como "loco"– concibió desde su infancia un amor desmesurado por Laylâ –cuyo nombre podríamos traducir como "noche"– un amor tan desmedido que su cordura se derritió en Amor.
Pasó el tiempo, y pese a que el sentimiento de Majnun era correspondido, la familia de la bella Laylâ no aceptó la

petición que el padre del enamorado hizo de la mano de su hija. Consideraba que la evidente locura del joven había destruido la reputación de su bienamada, ya que pregonaba sin descanso, aquí y allí, su amor por ella. Buscando la salud de su hijo, la familia de nuestro loco viajó con él a Meca, para pedir en tan santo lugar que retornara el sano juicio a tan lastimosa criatura. Allí Majnun se aferró al paño que cubre la Caaba y, suplicando, algo así dijo: No permitas Señor que me abandone locura, no permitas qué retorne a eso que llaman cordura.
De regreso en su dulce patria Majnun abandonó todo, penetró en los más inhóspitos y oscuros bosques, y los animales salvajes se esforzaron en darle consuelo, en su mansedumbre.

Pero lo que, ahora, más me interesa compartir con el paciente lector, es lo que sigue: El tiempo pasó y Laylâ se consumía en el recuerdo de su amado. Tanto así fue, que su familia acordó con la de Majnun suscitar un encuentro entre ellos, los amantes.

Sucedió en un claro del bosque, cuando la noche había dejado de serlo y el día aún no era. Avecinaron a Laylâ hacia aquel triste loco, tan amado. Se vieron, se reconocieron y corrieron ansiosos, el uno a los brazos del otro. Pero sólo unos pasos antes del encuentro, sólo unos pasos, ambos se detuvieron y, poco a poco, distanciaron sus cuerpos. ¿Cómo aquel loco iba a extasiarse recordando la profundidad de la Noche intangible, teniendo cerca tan hermoso reflejo? ¿Cómo Laylâ iba a recordar con pureza el modelo de su amado, teniendo consigo un modelado tan perfecto. Y es que ya sabían que la luz no deja ver la oscuridad misteriosa de la noche.

Pero menos mal, ya no hay duda que allí arriba se encuentran y se aman, en una muy pobre cabaña, embriagados, en el aroma de lo eterno.

 

Vicente Pascual, Utebo 2007



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