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Texto
de Vicente Pascual para la introducción a su libro titulado
"Las 100 Vistas del Monte Interior, en recuerdo de los
antiguos locos". Coeditado por el Gobierno de Aragón,
Olifante,
Ediciones de Poesía y el CDAN
/ Fundación Beulas, en noviembre de 2006, reune imágenes
de 101 pinturas de Vicente Pascual junto a cien poemas, escritos
por él mismo, que nacieron en paralelo con ellas.
Las 100 vistas del Monte Interior
Encontrará el lector que ya el mismo
título de este pequeño trabajo remite a Hokusai,
el maestro del Ukiyo-e, en concreto a la que muy posiblemente sea
su obra maestra: Las 100 Vistas del Monte Fuji (Fugaku
Hyakkei), una serie que reúne ciento una xilografías
de 23 x 16 cm publicada entre 1834 y 1840, cuando el artista ya
había cumplido los setenta años. Poco después,
en 1853, el comodoro Perry de la marina de los Estados Unidos obligó
a Japón a abrirse comercialmente al mundo occidental, rompiendo
así la homogeneidad de una admirable civilización,
una modalidad de la inteligencia a fin de cuentas. El acto de Perry
fue un paso muy elocuente de la característica hostilidad
del occidente moderno y, más concretamente, del naciente
"mundo libre", hacia las culturas tradicionales en su
determinación por imponer un modelo único y, al parecer,
indudablemente superior: el nuestro. Ese es, precisamente, el momento
en el que Katsushika Hokusai produce su serie, una serie concebida
para ser distribuida a bajo precio en los mercados más populares
de Japón, como si no sólo hubiera querido fijar en
el tiempo un mundo donde el símbolo y lo simbolizado todavía
no habían perdido su conexión sino que, además,
hubiera deseado hacer partícipes de su esfuerzo a tantos
como fuera posible.
Las Cien Vistas de Hokusai giran
en torno a un Monte Fuji que se presenta como un reflejo del centro
inmóvil, como una paradigmática manifestación
exterior del eje interior, una nítida expresión material
de un modelo situado en el mundo de los arquetipos. A lo largo de
la serie diversas actividades humanas se suceden; se diría
que peregrinos, comerciantes, amantes, guerreros y sabios, tanto
varones como damas, "pasan" "insignificantes"
ante la inmutabilidad del magnífico volcán. Pero esto
sería tan sólo apariencia. Para Hokusai —como
para todo hombre tradicional ajeno al nominalismo— "insignificante"
sería aquello que nada significa, que no se vincula a una
realidad atemporal si-tuada en un nivel superior de existencia;
en rigor, insignificante sería sólo lo que es arbitrario,
y nuestro artista entendía aquellas actividades como muy
significantes de una realidad en la que participaban en mayor o
menor grado y que recibían su razón de ser, precisamente,
por la presencia, o mejor por la consciencia, de ese centro representado
aquí por el Monte Fuji, un centro en el que lo periférico,
lo posible, se extingue en lo necesario.
Vida y muerte se expresan así en el arte de Hokusai sin fisuras
que las separen. Para el hombre antiguo los actos humanos, incluso
los fenómenos de la naturaleza, no tienen sentido más
que en función de su “muerte”, de su adecuación
al modelo que aquí imitan, del cumplimiento del dharma, como
dirían los vedantinos, en el camino hacia más elevadas
Verdades. No sorprende que nuestro artista firmara frecuentemente
sus trabajos como "El viejo pintor loco".
Hokusai recuerda al peregrino interior, aquel
que desea ascender hasta ese punto donde el Cielo toca la Tierra,
que si verdaderamente aspira a alcanzar su objetivo —la salida
del mundo de las formas sensibles, hecho de ilusión y deseo,
para penetrar en el mundo puramente intelectual— ha de conocerse
a sí mismo y, de acuerdo con su vocación, mantenerse
firme en torno al eje vertical; le recuerda que ha de discernir
lo siempre cambiante de lo inmudable, lo ilusorio de lo real, lo
temporal de lo atemporal, y, finalmente, extinguido, identificarse
con éste.
Por otra parte, la firmeza activa, la rigurosa
majestad geométrica de la forma de aquel monte, y la dulce
pureza inalterable de su manto de nieve sugieren dos actitudes complementarias
y necesarias en cualquier esfuerzo de retorno a la patria original
para aquellos que consideran un exilio la vida en el Mundo Flotante
(Ukiyo). Además, ante la visión de este volcán,
el peregrino, el alquimista, no puede dejar de recordar en su camino,
en su jihâd, el fuego vivificador que ha de mantener activo
en su interior. “Duermo, pero mi corazón vela”,
dicen los cantares.
Hokusai se limitó voluntariamente,
en la primera edición de su serie, a dos colores: el negro
y el gris azulado, sustituyendo este último, en la segunda
edición, por un rosa salmón. Por mi parte, en esta
serie de pinturas de 12 x 12 cm, he utilizado los dos únicos
colores con los que vengo trabajando desde comienzos de este ex-traño
siglo: un negro, como de humo, y un óxido cálido,
como si yo fuera uno de aquellos muy antiguos pintores de las cuevas,
confiando que el espectador receptivo no necesitará de colores
brillantes para ver expresión y fuerza donde la hubiera.
En cualquier caso, no he tratado de impactar ni de atraer el aplauso,
ni siquiera la mirada, mediante sencillos efectos del diseño;
de hecho no intento comunicar nada a nadie, he trabajado para mi
provecho y, quizás, si he cumplido bien, el lector podrá
extraer algún beneficio. Así, la monotonía
de color, de concepto y composición obligará a aquel
que desee participar en mi trabajo a vencer esa inecia que busca
entretenimiento. No he querido introducir ningún brillo ni
artificio que haga divertido este libro. Es áspero, monótono.
Mis 100 vistas son tan sólo un homenaje
a Hokusai, y con él a los antiguos locos, algo así
como una paráfrasis; pero en ellas no se encontrarán
tan claras referencias al eje permanente, sólo la simetría
constante de las formas geométricas más simples. En
cualquier caso, se trata de un esfuerzo para dar cuerpo sensible,
en un modo adecuado al soporte y a la materia pictórica,
a lo que podríamos llamar intuiciones intelectuales, con
el objetivo de fijarlas en el interior, Ab Intra Ad Intra.
Por lo demás, no he ordenado mi trabajo tratando de expresar
secuencias consecutivas, casi temporales, de un viaje, digamos iniciático.
Cada una de las pinturas es, sin dejar de ser parte de un proyecto,
independiente dentro de la serie y como tal ha surgido, cada una
de ellas es el resultado de una pequeña meditación
sobre lo atemporal, olvidando el pasado e ignorando el futuro o,
mejor, tratando de asumir pasado y futuro como aspectos del presente.
Así, he dispuesto las páginas siguiendo impulsos casi
exclusivamente estéticos, como un niño cuando ordena
sus lápices de colores. Mi trabajo no va más allá,
no quiere ni puede ser una guía para viajeros.
En cuanto a las líneas que acompañan
las imágenes, se trata tan sólo de algo así
como comentarios breves, como títulos largos; no pretenden
ser obra de poeta —no sé de letras—, y debo advertir
que, para colmo, cuanto aquí el lector encuentre es plagio.
El lector podrá afirmar, sin error, que para tan poca cosa
he plagiado a los presocráticos, a los neoplatónicos
y los cantos de los nativos americanos. Descubrirá que he
copiado a los taoístas, a los hindúes, que me he aprovechado
de aquellos que, como Rumi
o Nizâmî,
comprendieron la coherente belleza de las formulaciones del sufismo.
He imitado a aquellos españoles carmelitanos, a los Fideli
d'Amore, a los renanos del medievo y, entre los recientes, me he
remitido a Frithjof
Schuon, a Seyyed
Hossein Nasr, mis maestros, e incluso a John Keats. Que me perdone
el lector, y sepa que si no me sonrojo remedando penosamente a los
antiguos es sólo porque querría parecerme a lo que
ellos, dejando de ser, fueron.
Hay una historia muy conocida, es china pero
podría ser persa o medieval, que tie-ne mucho que ver con
este trabajo, con cualquier trabajo, más de lo que pueda
parecer. Bien, pues cuentan que en aquel tiempo vivía un
pintor retirado en el monte. El emperador, muy ambicioso, concibió
interés por ligar el prestigio del sabio artista a su gobierno;
por ello le invitó a ser su ministro. Pero una y otra vez
se negó el anciano por lo que el emperador envió sus
soldados para llevarlo a la corte. Allí, en el palacio, le
siguió presionando hasta llegar a amenazarle de muerte si
no cedía. No cedió nuestro artista pero pidió
un último deseo: permiso para realizar una pintura antes
de morir.
Así, comenzó por la montaña
más alejada, la mayor por ser la más próxima
al Cielo; siguió con otra y con otra, manteniendo sus medidas
de acuerdo con su jerarquía interior. Después trazó
un riachuelo que bajaba de las montañas y junto a él,
casi paralelo, como si ambos fueran uno, un sendero que ascendía.
En primer plano dispuso una valla de cañas, abrió
en ella la verja que acababa de pintar y se fue camino arriba.
Hice esta serie de pinturas porque me aburría,
entre el otoño de 2005 y la primavera de 2006, al pie del
Moncayo, verdadero monte Ventoso para los que habitamos esta seca
región.
Vicente Pascual, Tarazona,
2006
© para el texto:Vicente
Pascual, 2006. © para las imágenes:
Vicente Pascual Vegap
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